Pasó el ejercito invasor. Sus botas dejaron mucho barro y devastación.
Después pasó el ejercito de liberación y ensució el barro y la devastación.
Hace años que oigo el llanto nocturno de los soldados triunfantes. Parecen decirme:
"No te dejes engañar. La noche no es buena. No hay noche buena."

Lord of the Flies


















La noche estaba caliente y tranquila. Me orientaba por la brasa del cigarrillo y el sonido de la voz de J. que, muy de tanto en tanto, decía algunas palabras.

- Hay cosas que te hacen sentir vivo... -comentó-: Como escuchar música o viajar. Esas cosas...

Me hubiera gustado acompañarlo un ratito. En cambio tuve que trenzarme en lucha libre con el bicho muerto que se agitó en mi cabeza:

- ¿Y cuánto gasta en sentirse vivo? -murmuró-: ¿Cien dólares la entrada? ¿Dos mil la semana de hotel? ¡Ah! ¡Qué gran industria la sensación de vida!

Intenté sofocarlo, pero empeoré las cosas:

- Y además: ¿como puede ser que a un ser vivo le interese "sentirse" vivo? -clamó el bicho histéricamente-: ¡Ese tipo está muerto! ¡Está más muerto que yo!

En fin, otra noche perdida...

















El fin de semana una depiladora húngara de 220 kg., me hizo la siguiente declaración:

"El secrreto está en el huesos. A más cerrca del huesos más rrápido seca la cera. Ese es el verrrdaderro secrreto, recuerrde siempre: el huesos".


No dije nada porque la lengua, es sabido, no tiene hueso.


Lost in hallucination


















1) Al llegar cuadradito número 72 de la frazada, ya empecé a ver cosas. Veía mis manos convirtiéndose en garras de buitre. El ovillo de lana se fractalizaba y la gata me sonreía con un gesto demasiado humanoide. Decidí parar un poco.

2) Llegaron unos amigos. No daba ni para el zapping, así que ahí quedó un programa donde unas mujeres apostaban la ropa al poker hasta quedar desnudas. Notamos que se trataba de unos cuerpos muy artificiales. Hasta las posiciones eran demasiado artificiales.

Intrigados nos pusimos a imaginar gente conocida haciendo las cosas en pelotas. Cambiando la tierra de las macetas, arreglando un enchufe, andando en bici, etc.

Constatación inapelable: a más naturales los movimientos, más inadecuada la desnudez.

¿Y eso qué?






Creo haberle comentado, Don Álvar Núñez, que una noche de tormentas me encontré un chat sadomasoquista y me lancé a la aventura. Y sí, así es. La audacia del explorador termina haciendo glu glu en algún naufragio.

La expedición comenzó a hacer agua a los pocos minutos, cuando columbré la verdadera identidad que habitaba la máscara de cuero del dominador.

DOMINADOR - ¿Como te atreves a desobedecer a tu xxxx?
No mereces mi xxxx.

Me da lo mismo que me crean o no, Don Álvar. Por más que disfrazara su vocabulario, era evidente. Quien pronunciaba esas palabras no podía ser otra cosa que una Madre:

DOMINADOR - ¿Quieres que te de xxxx? ¿Eso quieres? Pues tendrás que ganartelo.
YO - Pero...
DOMINADOR - ¡Silencio! Pide permiso antes de hablar.
Aprenderás a mostrar respeto, ¡xxxx! Yo te enseñaré.

Flotando melancólica entre la escoria del naufragio, me dediqué a poner a prueba mis descubrimientos. En efecto, todos allí eran madres.

Aquí y allá, Don Álvar mis exploraciones dieron el mismo resultado. En el último pozo del sadomasoquismo solo hay madres con con sus niños.


1º estoy aburrida de mi misma. podrida de soportarme siempre los mismos gestitos, los mismos mieditos, las mismas estupideces. y re contra podrida de todas mis geniales ideas de cambio, que siempre son mías.

2º decidí blanquear la inutilidad y me puse a tejer una frazada. creo que hacen falta unos doscientos cuadraditos al crochet.


3º cuando el humor de perros llegaba a categoría de jauría, me metí en un chat S/M. expedición interesante, Don Álvar Núñez... pero nada, ningún insulto consiguió cambiarme el humor.

kaiten de vacaciones


La telefonista me anuncia, casi con entusiasmo, que mi número ha sido adjudicatario de un premio por un Centro de Medicina Estética.
No sin cierto entusiamo, le pregunto qué me gané:
- Una consulta diagnóstica con el médico, que le va a sugerir...
Me adelanté:
- A ver si entendí....va a diagnosticarme todo lo que podría cambiar y corregir con esos tratamientos, y que no voy a poder pagar...
(
mi diagnóstico sería: estéticamente intratable -nunca dirían: fea- y con capacidades económicas diferentes -tampoco dirian: pobre...)
- ¿y ud. le llama a eso ser premiada?
La telefonista no pudo menos que reir, luego se recompuso, y dijo
- ...O sea que por el momento no le interesa?
- Mire, por el momento, su premio es una basura. Vuelva a llamar cuando tenga algo mejor.

Cuadragésimotercero


La abuela Luisa se levantaba de la siesta a las cuatro. La veíamos pasar en pantuflas hacia la galería, con el matamoscas en la mano. Se sentaba en su mecedora y allí se pasaba toda la tarde, balanceándose en su lenta cacería.

Verla así hora tras hora te daba una pena que te ardía en la garganta.

Sin embargo cuando te acercabas la abuela Luisa daba otra impresión. Ella te recibía con una brillante sonrisa desdentada. Se mordía los labios entusiasmada señalandote las moscas muertas a su alrededor:
- ¡Cuarenta y dos! -decía eufórica, casi salvaje-: ¡Ya van cuarenta y dos!





Me anda pasando algo que, la verdad, no sé.















Mientras la mitad de mi cerebro se esfuerza por hacer algun comentario más o menos acorde a una situación, la otra mitad se me subleva. Se resiste al trabajo inútil. Solo admite emisiones del tipo: "Ahhh" "Ohhh" y "claro, claro".

A veces logro acallar al hemisferio soliviantado y terminar decorosamente alguna frase que venga al caso. Pero puedo percibir que poco a poco voy perdiendo la batalla.

¿Y ahora? ¿Ahora qué?



Ando tan perturbadita que me tomé un whisky y me puse a leer el Tratado de la Desesperación. El título me atrajo con la fuerza gravitacional de una mega estrella.

Se trataba -qué menos- del horror y la salvación. Se sostiene lo que cualquiera que se tome un whisky leyendo eso ya constató: que la felicidad no es esencial al espirítu.

Tampoco lo son la belleza, el amor o la alegría. Todo eso es vano, superficial, falso contento, dice el Tratado. En ese momento empecé a pestañear medio desorientada. Y entonces, ¿qué? -me dije-. Pero el tratadista respondió de inmediato:

Lo único definitivo es la eternidad. Y ella apunta a la desesperación. El que no ha estado desesperado no habrá existido para la eternidad.

A esa altura de los acontecimientos empiné la botella del pico y tiré el libro:
- ¿Ah, sí? ¿Y a esa señora eternidad quién la conoce? -gemí arrastrándome hasta la cama-: ¡Yo no vivo bajo su jurisdicción!

Qué pena que una respuesta ingeniosa no sea suficiente, ¿no?


Soñé que estaba en un hotel descascarado pero enorme. Tenía sexo con el mozo en el ascensor. Sexo áspero. Sin intercambiar ni el saludo.

A continuación estaba sentada a la mesa. El mozo me servía la combinación de platos incongruentes que había pedido para desayunar: kanikama con yougurt, buñuelos, costillas de cerdo, etc. De pronto comenzó a hacerme planteos agrios:

- A mi nunca me gustó hacer excepciones al menú -decía-. Nunca me gustó que me digan cómo tengo que servir una mesa, imagínese. Nunca me gustó...

Mientras la lista proseguía una cólera intensa me invadió. Le grité furiosa:
- ¿No le gustó? ¡Y a mi qué me interesa!
Y seguí gritando a viva voz:
- ¡Y no se vaya que no terminé mi pedido! ¡Ahora quiero que me traiga el menú completo!

who is calling?



Una vez al año pienso que sería capaz de escalar el aconcagua descalza por una palmadita. Pero no. Nada de eso. Ni mover la cola, ni dar la patita, ni llevar el diario a la cama. Soy más incompetente que un pekinés.

No sé porqué. No puedo decir ni que haya frialdad en mi naturaleza ni que tenga mala suerte. Yo creo más bien que mi incompetencia es pura consecuencia con una hipótesis.

Y ayer, escuché la hipótesis, con unos putos tambores yoruguas:

"cuando sepas que los pasos
que suben la escalera

de ninguna manera
vienen por vos"

Lo mejor de la piel es que no nos deja huir



















Ayer pasé media hora en un pasillo de hospital. Había tanto viento que parecía el Canal de Beagle.

Estuve ahí, con los brazos cruzados, acompañando en silencio a un desconocido furioso.

Rompió los vidrios de las ventanas, destrozó un par de puertas a patadas, vació los matafuegos. Gritaba amenazas de muerte con una voz dolorosa.

No pensé en nada más que en la distancia de los cuerpos. No permitir que se alejara de mi más de un par de metros; no acercarme a él más de un metro. Nada más.

Al fin aplastó la cara contra una columna. Con los ojos llenos de lágrimas, me miró por primera vez. Gracias, dijo. Asentí con la cabeza y me fui.

Más tarde me fumé un camel y me pregunté porqué alguien hace lo que yo acababa de hacer. La respuesta estaba preparada en mi espíritu como un palo de amasar: Porque no hay a donde huir.

Se me cayeron los pantalones de pura tristeza.


Habría que investigar la función epistemológica de los amigos. O, por decirlo en criollo, esa puta relación que tienen los amigos con la verdad.

Nadie te va a decir nada, claro, ni nadie te va a ocultar nada, tampoco. Pero en el medio algo cruje. Daré dos ejemplos:

I - El otro día, para un cumpleaños, me puse una pollera, un par de aros y me delineé los ojos. Nada más. Mis amigos, al grito de "¡qué linda que estás!" desenfundaron los celulares y me sacaron fotos.

II - Recalé con una amiga en un bar ignoto, donde varios sujetos se pusieron a hacerme caiditas de ojos e intentar conversación. Yo, que alguna conciencia de mí misma tengo, comenté asombrada:
- ¿Qué carajo pasa acá?
- Y... -respondió mi amiga-: Son viejos...

Mis amigos no son Sócrates, eso seguro. Sin embargo, son toda una ruta de acceso a la verdad. Una ruta peligrosa.

Mundo Junior



Charly se tiró media latita de pintura encima, pateó un par de puertas, y medio mundo aprovechó la ocasión para tomar ese airecito de dignidad ofendida y compadecer al hijo.

El hijo, a todo esto, aprovechó la oportunidad para pedir más penalización de las drogas, que es casi decir: ¡enciérrenlo!

Y yo aprovecho para pensar que siempre es lo mismo.

Manadas de infantes serviles, doblados de tanto respeto al padre, andan por las calles exigiendo padres que se hagan respetar. A más serviles, más agresivas sus exigencias de respetabilidad.

Es que los juniors de este mundo, pobres criaturitas, están ávidos de orden y control.

Palo, todos quieren cadena y palo.

dreams of flying
















La Tere estaba desesperada. Ya no sabía qué hacer. Pensaba en mandar cartas documento, cartas al diario, contratar un abogado, aunque era inútil. Se sentía totalmente indefensa, hasta que apareció su hermano menor:

- Hay que reventarle el auto -dijo-. A esa gente no le importa nada más. Primero el auto, y si no capta, le hacemos mierda la casa. Que sienta miedo. Que sienta que cagar al prójimo puede tener consecuencias.

La Tere le dijo "sos un tarado, encima voy a terminar en cana yo". Y Juan le dijo: "vos sos una boluda, te vas a quedar mirando como te cagan". Y ahí nomás se trenzaron a discutir a los gritos.

La mamá terminó con la disputa. Agarró a Juan del brazo y se lo llevó hablándole en voz baja. La Tere, sin querer, escuchó la reconvención de su madre:

- Deja que tu hermana haga las cosas a su manera. Nosotros nos encargamos de hacerlas a la nuestra...

Cohélet, hijo de David ha detestado la vida,
pues todo es vanidad y atrapar vientos.


Cohélet se ha excedido al detestar la vida,
eso es vanidad y atrapar vientos.


Ahora que lo pienso, toda obsesión tiene su origen y ya mi iniciación sexual tuvo un detalle curioso.

Mi Maestro era un hombre amargo. Tirado en la cama, entre un revolcón y otro, mientras yo fumaba, el Maestro hablaba. Me contaba historias extrañas sobre el sexo. Algunas absurdas, otras graciosas, otras obscenas.

No recuerdo muchas, pero todas las que recuerdo tienen un elemento en común: el desconcierto. En ocasiones hicimos verdaderas proezas de contorsionismo sin la menor intención erótica, solo por determinar si una historia era físicamente posible.

Recuerdo una en particular: Era un caso de necrofilia. Al Maestro lo asombró la defensa del pervertido, que alegaba tener un miembro inmenso. Demasiado grande para poder acoplarse. Las mujeres con las que lo había intentado habían huído horrorizadas, asegurándole que las mataría con ese artefacto. Y era por eso que solo hacía el amor con mujeres muertas.

Me lo quedé mirando. El se me quedó mirando. Al fin se encogió de hombros y dijo: "Qué sé yo...".




Mientras releía el post anterior apareció una pantallita desconocida en el monitor:


- "Que seas un incomprendido, no significa que seas un gran artista" -decía.

Me desorientó. Sin dudas esa era la respuesta de la bicicleta. Durante tres segundos hubo alguien ahí, burlón, que me puso en mi lugar de un buen sopapo.

Después se reveló el origen de la pantallita. Era solo un jueguito en linea.


Tengo una poderosa tendencia a la monogamia que me hace parecer una mujercita normal, aunque no sé cuáles sean los motivos normales de la monogamia. Mis razones, más que emocionales o morales, son mecánicas. Es como andar en bicicleta. A cada cambio de bicicleta se pierde ritmo, velocidad, precisión.

Intenté explicarle esto a un novio que tenía, pero él, curiosamente, lejos de interpretar que tenía mi fidelidad asegurada entendió que cualquier hombre me daba mismo. Me dijo puta y me dio una patada en el traste.

Está dicho. A la mejor bicicleta se le puede pedir ritmo, velocidad y precisión. ¿Por qué me empecino en darle conversación?


La gata maullaba enredándose en mis tobillos mientras los calamares me miraban desde el freezer con esos ojos... (esos ojos, esos ojos... ¿dónde los he visto antes?).

- Demasiado tarde, muchachos -murmuré y cerré el freezer.

Después se me ocurrió que los calamares no piensan como nosotros. ¿Quién sabe lo que contemplan esos ojos? Es posible que no les interese su destino. Quizás ni siquiera piensan en sí mismos.


No sé porqué ostento este doctorado, si nací para ser la esclava perfecta.

Tengo un pequeño almohadón que me permite permanecer de rodillas sin una queja.

Obedezco cualquier capricho con la devoción supersticiosa de una salvaje.

Hay ciertas humillaciones que considero los mejores halagos.

A cambio de toda sumisión, sólo pido que me cuenten un cuento cada tanto. Y entonces sé mover la cola y jadear de gratitud.

Sin embargo paso la vida bajo una lámpara, dedicada a la ciencia.

La obediencia ni siquiera existe cuando no hay amo que sepa lo que quiere.



Advertencia a las jóvenes: "no tomes ninguna bebida que no hayas mezclado tu misma".

Sábado, repasando el catecismo con mi sobrina: Yavhé estableció su alianza con un hombre que sería el padre de su pueblo, su descendencia sería incontable como el polvo. Mientras la niña me lo explicaba lo comprendí por primera vez en mi vida. El hombre que eligió Yavhé no tiene ninguna particularidad, excepto una desesperada historia de esterilidad.

Domingo, a solas con el maldito noveno mandamiento: "No consentirás pensamientos ni deseos impuros". Esos pensamientos y deseos terminarán por amarrarme y tirarme al río, no cabe duda. Pero no los consentiré.


Se conocen dos tipos de violencia. Una es la violencia que funda un derecho. Otra la que conserva un derecho. No hacen falta los ejemplos clásicos de invasiones o revoluciones.

El pendejo que te tira del colectivo funda su derecho al teléfono celular. El cana que lo caga a tiros conserva tu derecho al celular. Y vos escribís tus mensajitos convencido de que no tenés nada que ver con ninguna clase de violencia.

Milenios de civilización no parecían haber inventado más que eso, hasta que Walter Benjamín cayó sobre mi.

El ignoto berlinés supone la posibilidad de un tercer tipo de violencia, una desconocida hasta ahora, de la que no habría ejemplos históricos. Parece una noción rara, que llama "violencia divina" por su semejanza con el rayo que fulmina. Algo así como una violencia gratuita, que solo aspira a destruir. Me esforcé en leerlo y re-leerlo, pero en fin, mejor no hablar al pedo porque no lo entendí.

A falta de un entendimiento que iluminar, Benjamín se conformó con ser el rescoldo de mis pesadillas. Algo me despierta a la madrugada, al borde del grito, y sé que es ella, esa violencia que no quiere nada.






(No lo soñé.
Se enderezó y brindó a tu suerte.))


Amarga como una ortiga, royendo el hueso del infortunio, ayer resbalé hasta el fondo de la bañera. Los sonidos distorsionados excitaron entre mis miserables neuronas un recuerdo feliz. Qué digo feliz: glorioso.

Me lenvanté y me senté al borde de la bañera, chorreando agua, como si me hubieran abofeteado.

Había azulejos blancos, un alto de toallas blancas dobladas y mucho vapor. Había un botiquín sin espejo y un lavatorio de loza manchado de óxido. Una mano demasiado experta me hacía rotar la nuca bajo el agua caliente. Sobre el lavatorio había una tijera kelly curva.

Salí del agua tiritando y desamparada como un perro, pero serena. A su modo, me tranquiliza constatar que de toda aquella vieja felicidad no queda más que un paisaje hospitalario.


Alguien se soltó del último hilo que lo retenía entre nosotros, los libres del mundo. Me apena decir que no volverá.

Es alguien que se rindió. Alguien que, agotado de todo, se abandonó a sus deseos. Deseó y cayó en espiral hacia el último chiquero del rechazo. Alguien que entregó la ropa y la bandera. Y así, vencido, desposeído, apaleado, mendigó. Se humilló y se regaló.

Es alguien que ya no es dueño de nada. Alguien que no es dueño sí mismo. Alguien que, revolcándose en el barro más oscuro, terminará por reírse de nosotros.


Hablando de las cosas fuera de lugar, ayer me acordé de algo que quizás explique la historia de mi vida.

Yo ya no tenía 16 años y estaba tumbada en un sofá con un muchacho que me gustaba. Era un chico cariñoso, tanto que cuando quise acordar me estaba besando el cuello. Eran esos besos sonoros y rápidos, como disparos de ametralladora. Muy sorprendida, y sin un miligramo de cerebro conectado a la lengua, comenté:
- ¡Uy! ¡Así eran los besos de mi tía Chiche!

Jejé. Eso se llama ubicuidad. Y después me vienen con la teoría de que las cosas no tienen un lugar.


Soñé que estaba sentada en la falda de un cura.
La mezcla de júbilo y vergüenza con que me desperté fue encantadora.
Por un instante, a mitad de camino entre un mundo y el otro, me vino a la cabeza: "Al fin las cosas han vuelto a su lugar...".

No tengo idea de qué querrá decir eso. Pero apenas abrí los ojos supe fehacientemente que no. Las cosas siguen fuera de lugar. Cualquiera que este sea.


Mientras me cortaba las uñas un meteorito sin rumbo perforó la atmósfera.
Mojé el pincel en el frasquito de esmalte cuando se prendió fuego y ganó aceleración.
Si tuviera la cabeza fría pensaría que en algún momento, en algún lugar remoto, un cuerpo celeste reventó.
Pero la verdad es que no tengo la cabeza muy fría.
El esamalte resbaló a la perfección sobre la uña cuando el meteoro se estrelló justo sobre mí.

A modo de consuelo, como para alegrar la tarde, me llega una invitación a disertar sobre los orificios de entrada.


.


Estaba leyendo unas güevadas moralistas -bastante perversonas-, cuando me percaté de la cantidad de palabras que han caído en desuso en el lenguaje erótico común desde que no nos preocupa el infierno.

Lujuria / Concupiscencia / Voluptuosidad / Complacencia / Lascivia / Delectación / Impudicia / Inflamación / Rozamientos / Venéreo / Carnal / ... Y la lista puede extenderse al infinito si contamos expresiones compuestas.

Como les sucede a los esquimales con la nieve, la cantidad de palabras que se usan revela la cantidad de matices que se pueden percibir. O sea que jamás sabremos de qué nos estamos perdiendo.

El papa Benedicto tiene razón. A lo mejor habría que re-establecer un poco el infierno y arder. Un ratito nomás.


Tengo un enérgico reclamo para hacer, chillando hacia el firmamento, a falta de algo mejor.

Si me van a maltratar, primero: me dicen Marta, y segundo: me mandan al hospital, ¿ok?

Porque, la verdad, ¡qué podrida que estoy del maltrato mediocre!



¿Para qué se emborracha un borracho? Por lo general, para animarse a meterle mano a una mujer.
Y una vez que el borracho se atreve a meter mano, seamos sinceros, cogérsela o cagarla a palos le da lo mismo.

Grandes tipos, los borrachos.


Hay noches que mejor no acostarse.

Anoche leí los últimos capítulos del Guardián entre el Centeno. Salinger explicaba que lo más horrible de vivir en Nueva York es cuando a alguien le da por reírse en la calle durante la madrugada. Las carcajadas retumban en cinco manzanas a la redonda. Es lo más deprimente.

Le creí. Cerré el libro y agucé el oído. La calle estaba vacía, en perfecto silencio. Sin embargo de pronto todas las carcajadas que rebotaban por Nueva York saltaron a meterse en mi cama. Y estaban heladas.

Por dios, qué carcajadas más heladas.





Mucha gente se esfuerza por hacer algo útil con la basura. Algunos hacen casitas de fósforos quemados. Otros hacen hermosos poemas de la soledad más miserable.

Es la infructuosa batalla contra la entropía pero, cada uno a su modo, todos ponen algo de heroísmo en el asunto.

Yo, en cambio, ya me rendí. ¿Que no hay suficientes casitas de fósforos y poemitas abollados en los basureros?


Ultimamente no tengo tiempo ni para leer el diario. Y en cambio me persiguen unas fantasías sexuales increíbles: Me encuentro con hombres que no me gustan y en situaciones que no me calientan.

Ya en el medio de la fantasía me percato de que tengo algún problemita, así que intento ponerme las pilas. Pero no. No hay caso. Esos hombres de mis fantasías no tienen ni media onda.


Hay que cuidarse de los grandes pensadores.

Era San Agustín, si mal no recuerdo, el que concluyó que la corrupción conduce al bien. Indiscutible. Una vez que algo se ha corrompido por completo, lo que queda al final, es, seguro, incorruptible.

En las antípodas, el solitario Satie pensó cosas casi tan raras como San Agustin. Inventó su Música de Mobiliario, que se toca para que nadie escuche. Y escribió "para no ser leídos", en sus Cuadernos de un Mamífero, cosas así:

"En los márgenes del río
un viejo mangle lava lentamente sus raíces,
repugnantes de suciedad.
No cae la noche."


He sido sorprendida por la enormidad de problemas legales que acarrean los monstruos.

Ha habido criaturas con dos cabezas y solo cuerpo. También criaturas con un cuerpo y dos cabezas. Y entonces se arma la discusión: ¿Hay que hacer un bautismo o dos? ¿Cuántos matrimonios se permiten? ¿Cuántas partes de la herencia le corresponden?

Después están los siameses, que son bastante comunes incluso. Y cuando uno de ellos comete un delito: ¿hay que meter preso al hermano inocente junto al tránsfuga o hay que dejar impune al delincuente?

Como si faltaran problemas, también hay hermafroditas. En caso de guerra: ¿los reclutamos o no los reclutamos? ¿Pueden hacerse curas o no?

Por eso los juristas medievales, gente muy práctica, preferían ahogarlos apenas nacidos. Sin embargo, a pesar de esta política de prevención, en cierta ocasión se descubrió una pareja de hermafroditas casados entre sí. Y se armó el caos.

Ya que cada uno de los hermafroditas tenía relaciones con los dos sexos del otro: ¿había que considerarlos sodomitas, lesbianas o adúlteros? Por las dudas los quemaron vivos y esparcieron las cenizas al viento.


Hace un par de días me levanté con la sensación de ser una extraña. Como si de pronto fuera rubia, arquitecta o un metro y medio de cable. Una experiencia bastante incómoda.

Se me vinieron a la cabeza unas afirmaciones medio drogadas del Coronel sobre lo que él llamó: "la discontinuidad del yo". Argumentaba que el "yo" que había decidido casarse la semana anterior no era exactamente el mismo que nos lo estaba contando esa noche.

Creí encontrar ahí algo semejante a lo que estaba experimentando, así que -fijense la estupidez- llamé al Coronel para que me desarrollara un poco el concepto.

Obviamente, me contestó que esas habían sido afirmaciones del momento. El ya no pensaba eso.

Me pasé las últimas noches tumbada bajo un alero, en medio de una montaña, leyendo envuelta en una frazada. Había un zorro que se acercaba a mirarme. Cada tanto yo levantaba la cabeza del libro y el zorro me decía: - ¿Qué mirás?




Border propuso un título: "El hijo bastardo e idiota" que me anduvo resonando en la cabeza. Me sonaba redundante. ¿Quién reconoce a un idiota? El idiota es un bastardo por definición.

Imaginé a los padres que en un rincón de sus almas no pueden dejar de culparse uno al otro. También imaginé a otros buenos padres, trajinando sin descanso en busca de la receta que liquide la idiotez en su hijo. Porque la idiotez no es su hijo.

Después caí en la cuenta de que hasta la ley los trata como bastardos. Todos tenemos derecho a reventar la herencia de nuestros padres en el berretín que se nos cante, menos ellos. La herencia se mantiene a salvo del pobre idiota.

En fin, que en este mundo nadie se hace cargo de los idiotas, excepto yo, caramba. Porque yo he cuidado con pasión a una larga lista de idiotas en mi vida. No vale la pena disimular. Es una perversión sexual. Por dios... ¿qué clase de degenerada soy?

Estamos rodeados. Son seres que parecen normales. Te sonríen afablemente, quizás hasta viven a tu lado. Nada los distingue del resto, excepto una lógica inapelable y escalofriante que excretan en momentos claves. Cuando uno aprende a detectarlos comprende que, frente a ellos, estamos desamparados.

Acá van los tres que descubrí esta semana:

- "Es verdad, cuando el viejo estuvo en terapia intensiva yo no pude verlo. ¡A mí nadie me comunicó el horario de visitas! Es así... Yo estoy siempre al pie del cañón, pero ellos me dejan afuera..."

- "No, no y no. ¡Yo jamás me distraje! Fue la boluda de mi mujer que justo me llamó por teléfono."

- "A mí no me gusta mentir. Pero si no van a estar de acuerdo conmigo, no me dejan alternativa".

Sí. Creo que estamos perdidos. Solo queda postrarse en reverencia ante ellos.

Yo tengo paciencia con las alucinaciones, doctor, mucha paciencia. Pero igual me parece que esas pastillas que me da funcionan en la dirección equivocada.

Mire, le doy un ejemplo. Ayer hicimos un asado para festejar mi recuperación. Estaba perfecto. Mi viejo sirvió unos chinchulines, y de pronto aparecen de nuevo las voces. Justo en el momento en que clavaba el tenedor. ¿Y sabe lo que decían?: "Pinchas la tripa y salta mierda."

Eso decían. ¿A usted le parece? Yo tengo paciencia, pero no se puede aguantar todo. Es una falta de respeto, Doctor. Insisto en que las pastillas están equivocadas. En vez de calmarme a mí deberían calmar a los hijos de puta de las voces.














Cumbre Familiar:

En la sala de espera de la maternidad. Cerebro de 6 años a full:
- Yo no sé para qué los tíos quieren tener hijos. ¡Son demasiados problemas!
Madre con el corazón encogido:
- Hijo... ¿Vos acaso pensás que sos un problema para nosotros?
Cerebro a 6.900 rpm:
- ¡Eh! ¡Mirá! ¡La máquina también vende papas fritas!

Cumbre Social:
Pronto cumpliré una cantidad escandalosa de años. Prometí hacer una fiesta, porque la única manera de pasarlos será en pedo. Estoy pensando que quizás la única manera de vivir de ahora en adelante sea en pedo.

Cumbre Intelectual:
Border me recetó una combinación de productos de limpieza infalible para la bañera, pero me los olvidé a todos.


Los moralistas son una especie humana de una imaginación particularmente desorbitada. Francisco de Sales, un maestro en el asunto. Su parámetro sexual: ¡los elefantes!

Con gran admiración Francisco relata que los elefantes nunca cambian de hembra y aman tiernamente a la que escogen. Son bestias pudorosas, afirma, que solo lo hacen cada tres años y escondidos para que nadie los vea. Pero una vez que empiezan, se pasan cinco días completos haciéndolo sin parar. Después van a lavarse al río. No vuelven a mezclarse con la manada hasta estar bien limpios.Con un entusiasmo enternecedor, Francisco asegura que los elefantes son más bellos y honestos que los humanos.

Ah... Francisco, Francisco. Cuánta pasión de hormiga. Con paciencia y saliva...

Nadie se quiere morir.
Pero la verdad, seamos sinceros.
A la mayoría tampoco le gusta mucho vivir.


He metido la pata de un modo tan ostensible que ando por la vida con una marca horrible y fosforescente en la cara. Las respuestas que provoca tan bochornosa cicatriz, sin embargo, me parecen como estéticamente mezquinas.
El dedo acusador, la sanción, el desprecio, se disuelven en unas frasesitas poco dramáticas:

- Y... vos sabrás...
- No sé... no tengo opinión...
- Y bueno... Si te duele tendrás que hablar con quién corresponda...

Protesto enérgicamente. Si los reproches vienen con tan poca carne en el asador: ¿qué se puede esperar del infierno? ¡Carne chamuscada! ¡Quiero olor a carne chamuscada!


Paula llegó con una mano vendada y no pudo evitar la tentación de levantar la gasa para mostrar la larga abertura oscura cosida con hilo negro.

Estaba eufórica. Sin querer había hecho un descubrimiento fabuloso:

- ¡Es increíble lo fácil que se corta! Si hubiera querido hacerlo adrede, hubiera pensado que no iba a poder, que había que hacer fuerza, serruchar, algo así. Pero no: ¡La carne se corta como manteca!

Con la excusa de prender un cigarrillo me fui hasta la ventana y me puse a imaginar el día en que Jack hizo ese descubrimiento. Debió ser glorioso.


Viajé doce horas en un miserable semicama de dos pisos. Al bajar estaba aturdida por el sueño. No sé si me pasé toda la noche en el último asiento franeleando con un desconocido o si lo soñé. Me cambié a las corridas y salí.

La primera persona con la que hablé, el señor X, me explicó que estaban sucediendo cosas muy raras. Por bien que colocara una pieza en el rompecabezas, un instante después, estaba al revés. Llevaba días observándolo. Ofrecía filmar la situación para que se le creyera. Yo le creía, sin embargo bien sabía él que cualquier persona razonable dudaría de su experiencia. Por lo tanto proponía:

- Oiga, todo lo que ha sucedido queda almacenado en el cerebro. Si sucedió, está registrado, así que se debe poder reproducirlo. Habría que encontrar la forma de rebobinarlo para que se vea. ¿Cómo podemos hacer, Doctora? ¿Algún artefacto? ¿Alguna reacción de neurotransmisores?

Por la noche soñé que toda situación se puede comprender descomponiéndola en tres partes elementales: Agente, Acción y Objeto. Intentaba practicarlo, pero cuando captaba la acción se me escapaba el objeto, cuando captaba el objeto se me escapaba el agente, y así... A las cuatro de la mañana preparé una jarra de café y renuncié.


Esta mañana estaba cebando unos mates y parece que me olvidaba de pasarlo.
- Ché, dame un mate -reclamó L.
Con toda solicitud le puse un frasco de talco entre las manos.
Definitivamente no estoy donde creo.

*
Persiguiendo con insomnio el "elemento inhumano", ¿a dónde podía ir a parar? Al Almuerzo Desnudo, por supuesto: "ese instante helado en el que todos ven lo que hay realmente en la punta de sus tenedores"

Otras citas de Burroughs:
"Se necesita más y más droga para conservar forma humana... para espantar al Mono".
"Soy un fantasma que desea lo que todos los fantasmas -un cuerpo".
*
Llega mi sobrina de 3° grado:
- ¿Ayer era martes 13? ¡Claro! ¡Con razón! ¡Todo mal!
- ¿Qué te pasó?
- ¡Todas las cuentas mal!


El link de tentáculos que dejó Sacaría me llevó a dar un breve paseo por paginas para adultos. El resultado fue asombroso. Lejos de pasar una deliciosa noche conmigo misma, hice un descubrimiento catastrófico.

Con cierta dificultad, hace ya años entendí que lo que calienta a los seres humanos no es esencialmente el sexo opuesto. Lo demuestra suficientemente el hecho de que el sexo opuesto puede reemplazarse, con toda facilidad, por el mismo, otro, e incluso por seres de sexo absolutamente indeterminable. Queda flotando en el aire la amarga pregunta: si no es el sexo, ¿entonces qué es lo que lo pone a uno a jadear?

Ahora, luego de este paseíto, me quedó claro algo peor. El compañero humano en la cama puede reemplazarse -todo o por trozos- por cualquier cosa. La más loca lujuria puede producirse con animales de toda especie. Las delicias de la novia pueden encontrarse en una larga lista de objetos inanimados. Y ni siquiera nos queda el consuelo de pensar que con esos sucedáneos se disfrutaría menos. No. Ni remotamente.

Dios mío. Tuve que tomarme un ron para digerirlo. Pero es evidente. Lo que nos calienta, en esencia, no es humano.