Mientras me sacaba el guardapolvos miré por la ventana del laboratorio. Una tormenta azotaba los arboles en la calle. Imposible salir. Aguzando el oído distinguí los aullidos de un perro caído que luchaba en la esquina. Parecía estar ahogándose en un torbellino de barro. Tuve un escalofrío. Para distraerme mientras pasaba el tiempo me puse a leer las etiquetas del cerebro que flota en el frasco del rincón.

Parece que se trata del Dr. Hume y que lleva flotando allí unos doce años. Observé un poco el artefacto. El frasco está lleno de un líquido espeso que sube y baja por dos mangueras hasta un tanquecito que también está etiquetado: "cefaloraquídeo". El display muestra una larga lista de números entre los que solo pude reconocer la temperatura. Una porquería.

El cerebro está conectado a la altura del bulbo a un caño grueso y oscuro que seguramente le provee algo así como irrigación sanguínea. El caño se pierde bajo la mesada detrás de una puerta que no quise abrir.

Me acerqué a la ventana para chequear al perro que agonizaba en la boca de tormentas. Todavía se movía. A lo mejor ya no se movía por sí mismo, sino por la fuerza del agua cuyo paso obstruía.

Medio al azar levanté la tirita de papel continuo del registro electroencefalográfico que cae permanentemente sobre la repisa y se me escapó un insulto. Estaba despierto. La puta madre que lo parió. El cerebro estaba en plena actividad.

Bajé las escaleras y me senté en el último escalón. A través de la puerta de vidrio podía ver la tormenta que cada vez arreciaba más fuerte. Ahí me quedé, sintiendo pasar el tiempo como una víbora asquerosa deslizándose por la espalda.