La ilusión de que algo terminó



Era el año ´87, al final de un día elecciones en la Facultad. El Negro se afanaba por conseguir un último voto en medio del despliegue de banderas que se preparaban para el escrutinio. Entonces notaron que faltaba el carbón para los choripanes. El Toti gritó, haciendo girar las llaves: “Yo estoy en el auto de mi viejo, ¿quién se anima a buscarlo?”.
Al Negro se le cayó un hilo de baba. El padre de Toti, el Coronel, se acababa de comprar un Peugeot. Se atropelló sacando carnets de conducir, del automóvil club y hasta de vacunación. El quería probar ese auto.
Al llegar a estacionamiento en busca del soñado Peugeot del Coronel, se encontró en cambio con un enorme y polvoriento Falcon verde, con placa oficial en el parabrisas. Vaciló. A la desilusión le siguió el escalofrío. Se sentó al volante, rígido, y giró la cabeza para contemplar el tapizado del asiento trasero. Estaba impecable, pero él no podía dejar de ver los lamparones de sangre. Arrancó.
Se cruzó con unas compañeras de la agrupación que subían el cerro cantando consignas en minifalda. Llevaban gaseosas y cervezas. El Negro frenó y las invitó a subir. Ya se había olvidado del auto. Completó su recorrido raudo y alegre, espiando las piernas de sus acompañantes y haciendo chistes triunfalistas. Iban a ganar, eso era seguro.
De vuelta en el estacionamiento, al cerrar el baúl, pensó:
“Es increíble. Parece que los autos duran más que las dictaduras...”

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Al vuelo




Estaba esperando el colectivo en la esquina. Hacía calor. Una pareja pasó delante mío, esperó el semáforo y comenzó a cruzar. En medio de la avenida la chica se detuvo. Tomó impulso y le pegó un sonoro y escandaloso chirlo en el trasero a su acompañante. El tipo debía tener tres veces su volumen. Se dobló y gritó algo incomprensible levantando los brazos al cielo.
Yo me empecé a reír, divertidísima, mientras la pareja llegaba a la vereda opuesta. Me reí sin precauciones, ya que estaban lejos. Entonces un sujeto salió de la nada y pasó detrás de mi. Me dio un chirlo en el trasero. Y siguió caminando con paso de murga, muy divertido.
Me puse en puntas de pié y tomé aire para gritarle. Pero no supe qué. Dobló en la esquina.
Me quedé sola y asombrada, junto al poste de la parada, mientras un viento fuerte e imprevisto invadía la calle vacía. El aire se llenó de papelitos voladores y del sonido sordo del follaje.


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Cordero de dios...

I

Entré en la página de Border. El había recogido esta frase de un grupo católico sobre la poliomelitis: "pregunta quién ha pecado: el padre o el hijo, qué culpa paga la enfermedad". Suspiré. La navidad se acerca, buen momento para hablar del pecado. Salí al supermercado. Volví cargada con botellas, turrones y pan dulce.
Estaba sola y tan cansada que abandoné todo sobre la mesa y me tiré al sofá con el control remoto. Era miércoles a la noche. En Sony escuché un jingle pachanguero que prometía: “vamo’a ver unas nenitas buenas / y también un poco’e tipos malos....”. ¡Eso era lo que necesitaba! Sony no me defraudó. Sin embargo, de pronto, entre los tipos malos en Las Vegas, apareció un cura católico definiendo su condición: "Cuando se quema un foco, el resto del mundo lo cambia y se olvida. Un católico, en cambio, se queda sentado en la oscuridad, pensando qué habré hecho".Volví a suspirar intentando sacarme el asunto del pecado de la cabeza. ¿Porqué me persigue? –me pregunté. Si yo ni siquiera estoy bautizada. Además las religiones no son más que dinosaurios agonizantes en la era del ADN.
Pero el bicho muerto estaba al acecho en mi cabeza:
- ¡No, no, no! Ni sueñes con descartarlo así nomás... ¡A mí me gusta el católico sentado en la oscuridad, preguntándose qué habrá hecho..! ¡Ese es un tipo simpático! ¿Qué pueden producir de interesante los millones de estúpidos como vos, que tiran el foco a la basura sin pensar en nada? No, no... A mí me gusta ese católico. Al menos es conciente de que no sabe lo que hizo... No es un mal comienzo. Y además, no cabe duda: Algo malo habrá hecho...
Elevé los ojos al cielo con resignación:
- ¡Llegó el espíritu navideño! –suspiré.
- ¡Din don dín! ¡Din don dán! –tronó el bicho muerto-. ¡Momento para el pecado! Ya sé, ya sé, dedicar una pensamiento al sacrificio del cordero te parece demodé. Seguramente estás llena de pensamientos mucho más profundos... –se burló.
- ¡¿El sacrificio del cordero??!!! –casi me atraganté.
- El cordero que agoniza en la parrilla del sacrificio, querida burrita. El pobre animal que eleva la plegaria por el católico que piensa en la oscuridad con el foquito en la mano: “perdónalo, dios mío, porque no sabe lo que hizo...” –me explicó el bicho muerto con agria pedagogía.
- Claro que ustedes se juntan en lo de la abuelita y se engullen al cordero. ¡Las bestias que no saben lo que hacen, hacen cosas terribles! ¡Y alguien tiene que pagar por eso..! Y seamos sinceros, eso de sacrificar al cordero es una solución ingeniosa. Jajajá. Y económica. ¡No habría horno que alcanzara para cocinar a todas las bestias del mundo! Mejor que pague el cordero y zafamos todos... Pero la idea católica es mucho más grande, francamente sublime: ¡Convencer al cordero de que acepte el sacrificio voluntariamente! ¡Que se apiade de nosotros! ¡Que se sacrifique por nosotros! Sí, sí.... ¡Es genial! ¡Totalmente adorable!
Subí el volumen del televisor. Cerré los ojos. Los tipos malos del Sony ya no podían hacer nada por mi.
II

- Es una locura –balbucié agotada-... ¿Qué culpa puede tener el pobre poliomielítico? No quiero pensar qué habré hecho cada vez que se quema un foquito... ¡Eso es una tortura!
- ¡Exacto! –chilló el bicho muerto-: ¡Lo descubriste! ¡Es una tortura! Pero al menos es una tortura exquisita...
- ¿Cómo una tortura exquisita? ¿qué es eso?
- ¡Ah la ignorancia! Los cuerpos necesitan atención, querida, mucho tratamiento, tanto como las almas. Necesitan ser torturados... Después de todo ¿qué diferencia hay entre un cuerpo incrustado con silicio o con siliconas? ¿Qué diferencia hay entre el suplicio de la tentación y el de los aparatos de gimnasio? Finalmente, es una cuestión de fe...
- ¡Y yo prefiero el silicio y la tentación! -gritó desaforado-: ¡Denme el fuego de todos los infiernos quemándome el culo! ¡Espíritus ardientes y culpables!¡Carne negra y chamuscada! ¡Eso sí que me gusta!
Temí que sus chillidos rompieran los vidrios. Gemí desesperada...
- Je! Je! Je! –se rió el bicho muerto más conforme-. Debe haber algunas cabezas católicas bastante más entretenidas que la tuya. ¿Porqué me habrá tocado vivir encerrado en esta cabezota hueca? Yo también debería preguntarme qué habré hecho...
El bicho había logrado lo que buscaba. Apagué el televisor y me quedé sentada en la oscuridad, con la vista perdida en el vacío.
Después me fijé en la mercadería desparramada sobre la mesa. Vi un pote de yogurt que había olvidado guardar en la heladera. Llevaba horas ahí afuera con este calor. No quedaría más remedio que tirarlo a la basura.


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Ecuación: 1 monstruo = 1 bebé


fuckyou

Demostración IV: La Mosca


La película trata de un científico que está varado en su investigación sobre la teleportación. Puede transportar todo menos seres vivos. Le falta algo, hay algo esencial que no comprende: ¿Qué diferencia la materia con vida del resto de la materia?
La pregunta es idéntica a la de Mary Shelley, y la respuesta de Cronenberg es igual a la de la Tte Ripley. La solución está en el sexo. Sólo cogiendo el científico resolverá el enigma de la carne (“the poetry of flesh”, le llama él: la carne no se puede copiar, hay que interpretarla).
Y como consecuencia directa de esta revelación, lo monstruoso irrumpe en la escena. Dentro del telepod se produce una conjunción de los genes de Bundle y los de la mosca, que dará origen a un nuevo ser mixto: el monstruo.
Ahora bien, esa es una perfecta definición de la reproducción sexual. La materia inerte que se coloca en un telepod puede reproducirse en el otro idéntica a sí misma. Pero la carne no. La carne se reproduce según la lógica que el científico aprendió en la cama. Es decir: combinando carnes diferentes para producir carne nueva.
La película no se da por satisfecha con esa metáfora. El problema de la reproducción está re-duplicado a su vez. Porque la mujer que le reveló los secretos del sexo al científico está embarazada.
La conclusión cae por su propio peso: Hay un monstruo en gestación en ambos cuerpos de la pareja sexual.

(the end - ¡gracias a dios!)


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Ecuación: 1 monstruo = 1 bebé



Demostración III: Vampiros

Una adivinanza:

  • Son criaturas humanas encantadoras que necesitan succionar su alimento del cuerpo de otro ser humano.
  • No encuentran resistencia en la presa de la que se alimentan. Por el contrario, ejercen sobre esta una seducción cercana a la fascinación.
  • Pueden chupar hasta dejar a su víctima sin vida. Sin embargo ofrecen en compensación cierta trascendencia, una modesta y tentadora forma de la inmortalidad...

Tonto aquel que no adivina...

(y todavía continuará...)


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Identidad Desconocida



Quisiera presentar a una amiga mía, llamada Mónica, que tiene un problemita con el que nadie sabe bien qué hacer.
La primera vez que lo noté fue hace años. El timbre del portero eléctrico me sobresaltó tarde en la noche y atendí para escuchar, estupefacta, su voz haciendo la siguiente declaración:
- ¡Mónica, abrime! ¡Soy zurita!
La interrogué bastante preocupada. Me confesó, riéndose, que cosas así le suceden desde la infancia. Recordó que a los ocho años su madre la mandó a casa de unos vecinos a pedir prestada una cacerola. Fue refunfuñanado. Golpeó la puerta y esperó un rato largo, cada vez de peor humor. Cuando al fin la puerta se abrió ella exclamó impaciente:
- ¿Sí? ¿Qué querés?!
Sospecho que su problema se está agravando. Hace poco, en medio de una situación muy complicada, tuvo que acudir a una a una entrevista laboral que quizás fuera su única salvación. Llegó muy bien vestida a la oficina donde la recibió, sonriente, una mujer muy formal. Ella, estrujándose las manos con nerviosismo, le dijo:
- Busco a la Licenciada González
- Sí –le contestó la mujer-. Soy yo.
Entonces, sorprendidísima, mi amiga le preguntó:
- ¿Sooos yoooo?!

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Ecuación: 1 monstruo = 1 bebé


(Sección Escarpines)


Demostración II: Frankenstein

Bueno, esta demostración es bastante superflua. En la novela de Frankenstein no hay nada más que un doctor aterrorizado por su bebé y algunas reflexiones pedagógicas. “Se trata del enigma de dar vida”, corean todos los comentaristas del mundo.
Sólo puedo agregar una pequeña e impresionante carta de Mary Shelley tras la muerte de su primer bebé. La percepción le falló a la pobre ese día. ¿Cómo se logra confundir la tranquilidad del sueño con la crispación de una muerte por convulsiones?
Apostaría a que cuando escribió Frankenstein, Mary Shelley seguía preguntándose lo mismo. ¿Qué diferencia un apacible conjunto de órganos muertos de un bebé con vida?

6 March 1815
My dearest Hogg my baby is dead ‑ will you come to see me as soon as you can – I wish to see you ‑ It was perfectly well when I went to bed ‑ I awoke in the night to give it suck it appeared to be sleeping so quietly that I would not awake it ‑ it was dead then but we did not find that out till morning ‑ from its appearance it evedently died from convulsions ‑ Will you come ‑ you are so calm a creature and Shelley is afraid of a fever from the milk ‑ for I am no longer a mother now
Mary


[Querido Hogg, mi bebé está muerto. (...) Estaba perfectamente cuando me fui a la cama. Me levanté por la noche para darle de mamar, parecía dormir tan tranquilamente que no quise despertarlo. Ya estaba muerto entonces, pero no lo descubrimos hasta la mañana. Por su apariencia, evidentemente murió de convulsiones. (...) – Mary -]

(contuinará...)


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Ecuación: 1 monstruo = 1 bebé

Demostración I: El Alien



A mí no me cabe duda de que lo sustancial, lo más escalofirante del Alien tiene que ver con la vieja pregunta: ¿cómo se hace un bebé?
Como demostración me conformo con tres pequeñas porciones de la saga de cuatro películas:

1) La reproducción sucede así:
a- Algo se introduce en el cuerpo. La introducción sucede por la boca, es verdad, como suponen la gran mayoría de los niños que se embarazan las mujeres.
b- Ese algo crece allí dentro, en calma, en silencio, alimentándose del portador como un parásito, hasta que está listo para ver la luz.
c- Entonces sale abriéndose camino a empujones, perforando y desgrarrando. Abandona el cuerpo que lo hospedó como a un envase inútil. Podría citar muchas madres con idéntica queja.

2) A lo largo de toda la saga (cuatro películas que cubren muchas décadas) la Tte Ripley tiene sexo una sola y única vez. Es justo después de eso que algo la inquieta. Se hace una ecografía. Y encuentra al Alien en su interior.

3) La Tte Ripley es la mujer que ha padecido todos los terrores a causa del monstruo, y también la que ha dedicado su vida entera a perseguirlo. ¿Como se puede dudar de que es una madre?
Al final el bicho la reconoce lloriqueando.

(to be continued...)


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Vacas profanas




Acá estoy, exactamente como una vaca solitaria rumiando el pasto.
La pampa húmeda, el sol y millones de yuyos e insectos son los únicos protagonistas. Es esta escena no hay ni rastros de tragedia ni de comedia. Aquí se respira en paz.
No hay feos ni lindos, ni heroes ni malditos. Tampoco hay deseos oscuros zumbado como jets.
Ahora veo porqué a las vacas no les interesa la literatura.


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La espera

Llevaba un año exiliada en una ciudad ajena y hostil. Un año encerrada en un departamento, estudiando. El balcón, las plantas, la madera oscura y las montañas de papeles apenas alcanzaban a disimular que yo estaba muerta.
El fin de semana, cuando llamé a mi casa, todos estaban exageradamente amables y la vacuidad disolvía la conversación. El lunes me encontré con la noticia en un diario atrasado. El micro había caído al río desde lo alto de una barranca; de noche, sin luna, en plena creciente. La prefectura buscaba los cuerpos río abajo.
Sentí un mareo y un fuerte tirón hacia abajo en el cuerpo. Sentada en el suelo, haciendo un esfuerzo desmesurado para entrar aire en los pulmones, te ví.
Te ví cayendo. Ví tu boca contrayéndose en un gesto reflejo y amargo y ví tus ojos negros dándose por muertos. Yo conocí ese gesto involuntario. Sé que no intentaste nada. Sé que reconociste el momento que habías esperado por años.


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Puntos de vista...



Lenvanté el teléfono harta de antemano de lo que iba a oir. El tipo seguía gritando. Creo que llevaba meses sin parar de gritar. Yo estaba tan desesperada que pensé seriamente en abrirle la bragueta y chupársela, sólo para hacerlo callar. Pero estaba al teléfono. Y yo soy absolutamente incapaz de una solución tan inteligente.
Tuve que atender, una vez más, a sus enfáticos puntos de vista:
- ¿Porqué no? –gritaba-. ¿Porqué no la puedo llevar un fin de semana a la playa? ¿Quién sos vos para meterte en eso?
- A mí me parece que no corresponde... –dije agobiada.
- ¿Porqué me tenés que joder ahora? Mirá que yo me acuerdo bien...
- Mirá, a mí me parece que no corresponde que la chica se vaya a la playa con el ex de su hermana... Y menos que menos, en medio de una ruptura tan complicada...
- ¿Y porqué tenés que decidir vos lo que yo quiero? ¿Quién dice qué es lo que corresponde o no corresponde? ¿Porqué lo vas a decidir vos?
En ese momento una voz diferente se derramó en mi cabeza:
- ¡Ajá! -murmuró el bicho muerto- ¡El supermercado de los puntos de vista! A ver, mozo, un punto de vista acá, por favor, bien cargadito... ¡Todo el mundo es inocente de todo! ¿Te querés comer mi pierna derecha? Ah, qué interesante punto de vista... Claro que yo preferiría que no te la comieras, pero no es más que mi punto de vista... La verdad es que si no lo asfixiaste con la almohada mientras podías –susurró en estereo con el telefono-, es porque te lo merecés...
- ¡Ay, no! –me quejé pensando que la cabeza me iba a estallar.
- ¡No qué! –gritó la voz del teléfono-. ¡Todo es no para vos!
- Disculpame, no te lo dije a vos. Mirá, yo entiendo tu punto de vista, pero...
- Ahhhh..... Nooo! –chilló el bicho muerto-: ¡Esto es demasiado!
- En serio, no puedo discutirlo ahora...
- ¿Porqué no podés ahora? ¿Qué, hay que pedirte audiencia? Me vas a escuchar porque...
- Sí, sí. El señor tiene una buena pregunta: ¿quién dice cuál es el punto de vista correcto? ¿el que pega primero? ¿el que pega mejor? ¿O prefieren un duelo con pistolas? No, no, eso no se puede, porque: ¿quién dice cuantos pasos hay que caminar antes de disparar?
- ¡Basta por Dios! –gemí.
- No, no. ¡Basta nada! –rugió el teléfono.
- Sí, sí. ¡Basta, por Dios! –chilló el bicho muerto-. ¡Basta de estupideces! Milenios de jurisprudencia para que un par de idiotas se pongan a rifar puntos de vista por teléfono. ¿A quién se le ocurre? ¿Acaso alguien puede jugar al ajedrez preguntándose quién decide cómo se mueve la torre? ¡Cuestionamientos de pacotilla! ¡Pluralismos imbéciles! ¡Relativismos pusilánimes! Uf... Ahora resulta que el tipo que habla con los marcianos no está equivocado: No, no, ¡es su punto de vista! Hay que aguantarse cualquier mentira, infamia o estupidez: ¡respetemos los puntos de vista..!
No sé cómo terminó el asunto. Creo que me desmayé. Me desperté en el sofá, con el inalámbrico tirado en el piso. El silencio era intenso, blando y confortable. Todavía se podía sentir el aura risueña del bicho muerto en el aire. ¿Qué barbaridad me habrá hecho decir esa bestia?

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Poemitas



También yo encontré un viejo poemita, muy viejo, amarillo y polvoriento. Es triste comprobar que mientras los gustos van y vienen, en el fondo, década tras década, nada ha cambiado.


Están allí.
Anormales como una luna landrando
pero en silencio.
Están fríos como la menta
contando gotitas
de sangre.
Están quietos.
Nada de gritos.
Casi nada que delate
los perros en el corazón.


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La ciencia del bien y el mal

El aire serrano tiene en mí un efecto más relajante que un puré de valium. Por eso estaba un poco distraída cuando la vieja se puso a hablarme, mientras me cebaba unos mates dulces lagunosos, donde la yerba cobraba unos brillos tornasolados de extramundo.
A los 86 años, la vieja ya no tiene mucho que disimular. Sigue fregando enérgicamente, pero ya no mira lo que friega, así que unas flores plásticas con enormes lamparones de grasa barrosa reposan en un florero bruñido como un espejo.
Me hablaba con pena de su hermana mayor, la que no tuvo hijos. Yo no prestaba atención, hasta que una frase me sacó del ensueño.
- Fue un mal parto -me contaba-. Ella se dio cuenta tarde de que estaba en estado... Al final se lo pudo sacar igual, pero quedó arruinada para toda la vida...
- Ah, un aborto -traduje para mí misma con curiosidad-... ¿Pero de qué año me está hablando usted?
La vieja bajó la cabeza ante la brutalidad de la palabra. Se encogió como si yo la hubiera golpeado en el estómago:
- Yo ya sé que es un pecado terrible -susurró-. Yo sé que no tiene perdón. Pero, hija, Dios tiene que tener en cuenta lo burra que era la gente en esa época... Nosotras éramos tan ignorantes que ni sabíamos que era un asesinato lo que estábamos cometiendo. Todas lo hacían. No se nos ocurría que estaba mal...

Fin de semana

El fin de semana se inició con el abuelo en casa revoleando el bastón con una destreza digna del Circo Imperial de la China. Cerca del mediodía se sumó otra visita. Mi amigo el Lobo desembarcó de Amsterdam con cinco kilos de hasch encima. Mientras hacía las presentaciones temí lo peor.
Pero me equivoqué. Mate de por medio, el Lobo y el abuelo, se pasaron la tarde en infinitas historias de regimientos y fundaciones. De ingleses perdidos en el monte desenterrando meteoritos. De coroneles que, sin saberlo, sostuvieron programas pergreñados por la subversión. De anarquistas, unitarios y peronistas tragándose uno a uno sus emblemas. De visionarios tragándose los lentes.
Ya al atardecer el abuelo partió con paso de murga, revoleando su bastón. Entonces el Lobo desembarcó por completo sobre el primer tema de la velada: El mal. El mal nace de la tristeza, afirmó categórico. No, no, no. El mal nace de la estupidez, retruqué yo, tan apresurada y estúpida, como siempre.
Recién a la madrugada, entre unos sueños obtusos e inquietos, entendí que un mal nacido de la tristeza es infinitamente más sutil, más húmedo y oscuro, más macerado. Es un mal infinitamente más interesante.

Por un mundo de iguales



Entré al hotel buscando a una amiga que participaba en ciertas Jornadas de Filosofía. Distraída, me asomé a un salón de conferencias donde se desarrollaba algo desconocido para mí. Pero más bien debería decir que me caí ahí, en ese salón alfombrado y acondicionado, como en un pozo.
El conferencista, un verdadero profesor, tenía algo apenas perceptible que me capturó: además del traje negro impecable, usaba delineador. Y el discurso trataba sobre política sexual, dado que la revolución se pelea en ese campo.
Estaba resumiento el programa de ciertas autoras lesbianas inglesas, que proponían más o menos lo siguiente: El sexo ha sido siempre una relación de poder. Esto está bastante documentado como para que no haga falta ni reflexionarlo aquí. Sin embargo, es posible acabar con eso. ¡Y es tiempo de acabar con eso!
¡Hay que excluir el poder del sexo! ¡Basta de activos y pasivos, basta de penetradores y penetrados! Es preciso democratizar el sexo. Y la naturaleza ofrece lo necesario para este programa: el culo.
El culo es el único órgano democrático de goce. Por lo tanto, todos deberíamos practicar, democráticamente, sólo y exclusivamente: sexo anal con implementos. ¡Basta de penes y vaginas, herramientas perimidas de una sexualidad victoriana!
La conferencia terminó con un cerrado aplauso. Observé extrañada al público que se ponía de pie; tenía el clásico aspecto timorato de los ambientes académicos. Caminé estupefacta por el hall del hotel donde mi amiga me esperaba recostada en un sofá.
- ¡Hace media hora que te espero! –protestó.
- Me caí del mundo... –intenté explicarle.
- Te colgaste, querrás decir...
- No, de verdad, te juro. Me parece que hace varias décadas que me caí del mundo...
Mi amiga no me permitió un solo divague más. Me empujó hacia la calle. Estábamos apuradas.
Afuera, entre el tráfico, me sentí un poco mejor. Me tranquilizó saberme rodeada por varios millones tan obsoletos como yo, apegados a nuestros viejos y mezquinos esquemitas sexuales. Claro que allí, en la multitud, es donde se refugian los retrógados cuando no encuentran un mejor argumento para defender su posición.

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Cuzcos




La idea de los amores perros ya ha sido desarrollada. Sin embargo me parece que faltan menciones de los amores cuzcos. No son la misma cosa. En verdad son tan poca cosa que no alcanzan para una película, ni siquiera argentina. Pero son un peligro público. Las autoridades sanitarias deberían advertirnos. Porque hay mucha, demasidad gente con alma de cuzco.
Y esa gente quiere a otra gente. No quieren como perros, sino según el método particular del perro petiso y garronero. Quieren a alguien, clavan los dientes en la parte que más quieren de ese alguien, y ya no sueltan. Jamás sueltan el trozo que han aferrado, ni siquiera para cambiarlo por uno mejor.
Hay que andar con mucho cuidado cuando un cuzco quiere algo de uno. Más vale prevenir, porque los descenlaces posibles de un amor garronero son nada más que tres. Tres pestes universales.
1°) El descenlace matrimonial: Uno puede avenirse estoicamente a compartir con el cuzco esa parte de uno que él quiere y a la gratificación de ser, al fin y al cabo, querido. Una vida decente y dolorosa le espera, casi prometeica, con dos hileras de dientes incrustados en la carne y tironeando sin cesar.
2°) El descenlace sacrificial: Desprender al cuzco junto con el pedazo que lleva en su boca. Esta es una liberación dolorosa pero justa. Después de todo, alguien que quiere algo de uno con tanto empeño, merece que se lo den. El cuzco agredecerá moviendo la cola satisfecho. El trozo de carne se disolverá en su paladar. Y volverá por más. Volverá mientras quede un centímetro de hueso por roer.
3°) El descenlace criminal: Partirle el cráneo con una llave inglesa y seguir golpeando hasta que las mandíbulas se aflojen. Esta solución parece la mejor, al menos uno sale entero. No habrá perdido nada. Aunque, con el tiempo, uno llegará a preguntarse qué clase de miserable es capaz de matar al perro que lo ha querido. Porque el que se queda con todo siempre es un ser despreciable.


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El fuentón flotante

Llovía torrencialmente. El patio se cubrió con casi diez centímetros de agua. Un fuentón azul pasó flotando frente a la ventana en plena madrugada. Yo seguí su trayectoria con cierta aprehensión. La luz parpadeante de los relámpagos tenía un halo angustioso. Un recuerdo lejano vino a mi cabeza.

Yo era chica y era la siesta. Un temporal vaciaba cortinas continuas de agua sobre las ventanas mientras yo veía dibujos y mascaba aceitunas en la sala grande. Finalmente el patio se inundó. El agua empezó a entrar por la puerta formando una gran laguna que se desplazaba lentamente hacia la sala.

Entonces corrimos, mis hermanos y yo, a buscar los lampazos. Empezamos a sacar agua de la sala desviándola hacia el lavadero. Pero seguía entrando a raudales. La batalla se mantuvo empatada largo rato. Mientras tanto, mi padre se había recostado en el umbral y contemplaba la escena muerto de risa.

En algún momento su presencia burlona se hizo irritante. Nos detuvimos y lo contemplamos interrogativos.
- Y si llueve dos o tres días, ¿qué van a hacer? –preguntó él divertido.
- ¿Y qué sugerencia mejor tenés vos? –respondimos desafiantes.
- No, no sugiero nada. Estoy tratando de compreder cual es el problema que ustedes intentan solucionar con tanto esfuerzo. ¿Qué puede pasar si el agua llega a la sala? ¿Piensan que le va hacer mal a las baldosas?
- Pero, viejo... ¡No ves que es un barrial! –argumentamos.
- Ajá... El problema es el barro... –reflexionó cada vez más divertido-: ¿ustedes sospechan que el barro pueda ser tóxico?

No sé porqué, ese recuerdo funcionó como una verdadera liberación. Apoyé la cara contra el vidrio y observé con júbilo el curso vacilante del fuentón azul hasta que se hundió en la oscuridad.


La perspectiva del bicho muerto



El bicho se vuelve cada vez más impredescible. Ayer, tomando un café y escuchando la lluvia, leía un comentario sobre una película. Su chillido agrio salió de la nada parodiando lo que acaba de leer:
¡Encontrarse con uno mismo! ¡Qué tontería!
Me sobresaltó tanto que se me cayó la taza. Mientras veía el café rodando por el escritorio, intenté increparlo. Que respetara un poco los puntos de vista ajenos, le dije, que no chillara tanto. Empeoré las cosas. El volumen subió entre mis perietales hasta hacerlos vibrar:
¿Puntos de vista?! Lo único que me faltaba: ¡puntos de vista!
¿Encontrarse con uno mismo? Jajajá.... Cuanta paciencia que hay que tenerte, cabeza de alcornoque...

El bicho muerto resopló irritado:
Te explico. Un encuentro con uno mismo puede suceder de dos formas:
O es un gran susto
O es un gran fraude
Su sonrisa crepitó en el aire:
¡Y los puntos de vista..! ¡Qué ridiculez!

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El problema de los ojos



“I’ve seen things that you people wouldn’t believe. Attack ships on fire on the shoulder of Orion. I watched C-beams glitter in the dark near Tannhauser Gate. All those moments will be lost in time like tears in rain. Time to die.”
(Yo he visto cosas que ustedes no se imaginarían. Naves de ataque en llamas sobre los hombros de Orion. Vi bombas C brillando en la oscuridad cerca de Tannhauser. Todos esos momentos se perderán en el tiempo como lágrimas en la lluvia. Tiempo de morir.) El replicante moribundo de Blade Runner.

Me intriga ese replicante.
No es un cobarde chillando porque no se quiere morir. No se aferra a su porción de lentejas. No ignora que es prescindible y, además, replicable. Es tan descartable como cualquiera. Así y todo, se niega a su fecha de caducidad.

Porque el problema de la muerte del replicante está en otro lado: El problema son los ojos.

Toda la película apoya esa idea: Incendios reflejados en las pupilas. La fabrica de ojos. El test de reacción sobre los ojos. La manía de los replicantes por coleccionar fotos.

El miedo, la carne, el egoísmo, todo eso se puede superar. Pero, a la hora de morir, el problema de los ojos no tiene solución. Las cosas que los ojos han visto, las naves en llamas, la famosa belleza. Eso parece tener vida propia y se resiste por su cuenta.

Por poco afecto que un replicante le tenga a su vida, una típica vida de mierda, una vida de esclavo, ese asunto de la belleza no lo deja morir en paz. El problema son los ojos. Se rehusan a perder su envase.


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Urbanidad

I –

Una vez trabajé en una investigación sobre la atención de ciertas patologías. Razones de muestreo me llevaron a tomar algunas entrevistas entre pacientes de un hospital. La directora me presentó al primer encuestado:
“Acá, la Dra. es investigadora –le dijo- y está haciendo unas preguntas. Es voluntario. Ella te va a explicar de qué se trata y, si querés colaborar, combinan un horario”.
El sujeto se mostró muy cooperativo:
“Sí, sí. No hay problema. No hace falta que me explique nada. Vamos ya mismo.”
Lo acompañé hasta el escritorio y prendí el grabador. Antes de que yo pudiera emitir sonido me dijo:
“Yo ya sé de qué se trata. Usted es investigadora de la federal, ¿no?”
“Noooo...!” –exclamé sorprendida. Pero él me interrumpió con un guiño cómplice.
“Está bien, no importa. Yo sé que andan averigüando lo del incendio. Pero yo no tuve nada que ver, eh... Fue ese pelotudo del Gordo Perez...”
Lo juro. Lo tengo grabado.


II -

Ese mismo trabajo me llevó a una Institución que daba albergue a gente en problemas. Allí hacían una reunión general periódica, donde se le pedía a los nuevos que se presentaran ante sus compañeros de albergue. Yo, desde el escritorio de al lado, escuchaba bastante. Recopilé algunas presentaciones, ¡verdaderas pinturitas de urbanidad!:

- Yo me llamo Inés y estoy indispuesta. ¡Y yo me pongo muuuy mala cuando me indispongo!

- Yo soy Carla. No sé para qué tantas presentaciones, porque a mí si no me solucionan el tema de baño, me voy...
- ¿Qué pasa con el baño?
- ¡Voy a las duchas de hombres y me miran las tetas! ¡Voy a las duchas de mujeres y me espían la pija! ¡Esto no puede ser!!!! ¡Es una falta de respeto!

- Buenos días. Acá me tienen... (largo silencio)
- ¿Porqué no nos decís tu nombre?
- ¿Mi nombre? ¿Y yo cómo sé que estos no son canas?

- Hola. Yo soy Carmen... Yo soy esquizofrénica, pero no se asusten. Les prometo que no les voy a hacer nada.... A veces me pongo mal, pero ya no ataco más...

zurita kaiten



Esa soy yo en bombacha de goma.

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El lobo feroz



En medio del insomnio, tropecé con una película terrible. No sé cómo se llamaba. No ví más que un pedazo, ni sé en qué canal.
Los enamorados querían huir y el muchacho hizo más o menos el siguiente cálculo: A razón de no sé cuántos francos cada una, hacían falta, supongamos, unas doscientas mamadas en el baño de la escuela para juntar el dinero de los pasajes a Florida.
La chica se enjuagó la boca, se sentó en la tapa del inodoro y esperó, decidida a todo por amor.

Eran las cuatro de la mañana. Cambié a un canal de clips y puse el mute. Me serví un whisky.
El televisor producía una hermosa luminosidad móvil que distorsionaba las paredes. No sé porque me acordé de mi amigo Julio. Un verdadero mujeriego, el pito más cruel de la ciudad. Su regla de oro era no dormir dos veces con la misma persona. Durante una noche de borrachera me confesó: “Yo me enamoré una sola vez, hace muchos años. Cuando ella se fue, yo me juré que jamás iba a querer a otra mujer.”

Entonces el bicho muerto susurró en la oscuridad:
“Pura fidelidad...”
Me asusté. La voz del bicho sonó tan grave que hizo temblar los trozos de hielo en el vaso. Pero poco a poco empezó a declamar con su chillido habitual:
“¡Ojo con la fidelidad! Pasa por decente, parece respetable, se pasea por la iglesia... Pero ¡Ojo! Algo que es capaz de arrastrar a la gente contra siglos de moralidad... Mhmm ¡Peor aún! ¡Contra el mismísimo amor propio! Mhmm... Eso tiene que ser algo peligroso... Muy peligroso... ¡Verdaderamente subversivo!”
Me tomé el vaso de whisky de un solo trago, intentando ahogarlo en alcohol. El bicho muerto no se detuvo, aunque su voz se tambaleó un poco:
“Fijate, sino, mirá vos. Toda esa gente tipo Tango Feroz, con su jinglesito: ‘pero el amoooor es más fueeerte...’ Vos te reís, jajajá... Pero ellos lo captaron casi todo. Si, sí, sí, casi todo. No se les escapó más que un detalle: la ferocidad...”
¡Ilusos!
–chilló el bicho en éxtasis- ¡Esos ilusos son los más fieles de todos! ¡Nadie se libra! ¡El lobo feroz se los va a comer en cualquier rincón! ¡Los va a poner en cuatro patas! ¡Nadie se libra excepto nosotros, los bichos muertos!


Posted by Hello

El corazón delator


E.A.P Posted by Hello

Hace años le regalé “El corazón delator” de Poe a un muchacho, llamémosle Edgar. Había en ese regalo una elíptica confesión que él, por supuesto, no entendió. Los hombres nunca entienden nada. Eso no quita que, cada tanto, haya que darles alguna explicación.
El personaje del cuento, llamémosle también –porqué no- Edgar, acababa de asesinar al viejo y de enterrarlo bajo el piso del recibidor. Cuando la policía inició el interrogatorio estaban sentados encima del cuerpo todavía caliente.
Edgar se pone nervioso. Empieza a escuchar los latidos de un corazón que se aceleran. Suenan cada vez más fuerte. No es posible que los policías no lo escuchen. Al fin llega a la razonable conclusión de que el corazón del viejo, enterrado bajo sus pies, lo ha delatado. Perdido por perdido, confiesa...
Poe es un grande. No hay escena más razonable en el mundo que esa. El latido del corazón es un sonido demoledor. La clave del cuento también es completamente razonable: Un corazón siempre es un órgano ajeno.

La noche que lo descubrí estaba con Edgar. Me había llevado a escuchar a un bajista ignoto que pulsaba la cuarta a repetición, arrancándole un mugido grave y cardíaco. La vibración del bajo no se oía propiamente, más bien se sentía reverberar en el fondo del cuerpo de un modo extraño. Todos han escuchado un bajo. De verdad suena entre las vísceras de uno. Y el bajista sabía lo que estaba haciendo:
- ¿Quién late? -preguntó de pronto, sin interrumpir el pulso, sobre el que agregaba unas escalas ascendentes, gimientes, con una vaga reminiscencia morisca que convertía el local descascarado en un desierto sin estrellas.
Cuando hizo silencio suspiré aliviada, como si me hubiera sacado ese latido de encima. Le comenté a Edgar la experiencia acústica que acababa de hacer. El, sin mezquinar comentarios sobre mi estupidez, coincidió en que, efectivamente, no había forma de saber si el latido del bajo se producía en las cuerdas del bajo o adentro del cuerpo. Sin embargo, con gesto de suficiencia, me señaló una columna negra, casi oculta al lado del escenario. En ese momento el bajista hablaba. Su voz, efectivamente, no salía de su boca, sino de la columna.
Y fue por eso que le regalé “El corazón delator” a ese muchacho que me invitaba a salir con insistencia y me revelaba dónde estaba la fuente del sonido. Fue algo así como una devolución de gentilezas. Porque Edgar, como en el cuento de Poe, se confundía conmigo.
A él le gustaba imaginar que me quería, que me buscaba, que me conseguía. Yo, en cambio, sé muy bien cuál era el corazón que latía en la oscuridad, agonizante, enterrado bajo el piso del recibidor.

Confesiones


erotismo extremo Posted by Hello

confieso que he vivido...

Hay una sola

Ayer llamó mamá. “¿Qué noticias hay?”, preguntó. Como no había noticias, le hablé un poco del fin de año, los clásicos domesticos y laborales, las noticias internacionales...
“Bueno, sí. Pero, ¿y vos?”, insistió. Entonces se me ocurrió contarle que adelgacé mucho, no sé porqué. “¡Ay, Gracias a Dios!”, clamó, al fin interesada: “Porque la verdad, yo te quise decir nada, pero ...”
Fue como abrir una compuerta. Mi mamita se lanzó a hablar como una máquina de lo fea que estaba yo el día que me vio, meses atrás. No escatimó adjetivos. Algunos eran verdaderamente insultantes. No se detuvo en quince minutos.
Fue una experiencia extraña. Muy extraña.

El infierno en fuga

A los diecisiete me fui de aquel infierno sin pecado donde me crié, a orillas del Paraná. Cuando me despedía, alguien me murmuró al oído: “Si te vas no intentes volver. Apenas salgas a la ruta, ya no habrá a dónde volver”.
Apenas un par de años después, un verano, volví. La advertencia era exacta. Con el bolso al hombro bajé del colectivo en una ciudad completamente ajena, verde e hirviente. Por la tarde caminé de punta a punta, avenida por avenida, buscando direcciones conocidas, rostros entrañables. No estaban ahí. No quedaba nadie. No quedaba nada más que el calor.
Al anochecer, perdida y ensordecida por las chicharras, al fin levanté la vista y miré a mi alrededor. El cielo era amenazante y la ciudad desconocida estaba teñida de rojo por los chivatos en flor. Las veredas estaban bañadas por enormes charcos sangrientos y rebalosos que formaban las flores pisoteadas.
Llegué a casa de mis padre ya de noche, agotada y extraña, buscando refugio. Llovía pero no era lluvia lo que caía, era agua hirviente. Mi madre me esperaba con un dormitorio preparado. Dejé el bolso y me sequé el pelo con una toalla. Los ventiladores giraban y los espirales ardían hacía horas. La cama estaba abierta. Mientras me desvestía noté que las sábanas parecían cubiertas por una especie de pelusa gris. Me acerqué. Sentí una punzada amarga al descubrir una infinidad inconcebible de mosquitos muertos en la cama.
Es evidente: No hay a dónde volver.

"I see dead people..."

Dos ejemplos que encontré para el amigo borderline

I -

El tipo se levantó muy temprano, casi al alba. Se asomó por la ventana de la cocina. Le pareció que algo extraño estaba sucediendo. El silencio era profundo y unas lenguas de luz pálida se alargaban por el patio.
Fue al baño y se miró al espejo. Abrió la canilla. Lavó el cepillo de dientes. Cuando fue a apretar el pomo de pasta lo descubrió. Estupefacto, leyó la orden escrita con letra grande de imprenta: Colgate.
Abrumado y acorralado abrió la puerta de la cocina y salió al patio. Ahí estaban: el árbol y la soga de la ropa.
Los perros ladraron como locos bajo el péndulo doble de los pies. Un vecino lo descolgó justo a tiempo.


II -

Vivía aterrorizada por sus propias ideas:
- No entiendo -me dijo un día-, no entiendo qué me pasa. Estoy bien, contenta, tengo cosas que hacer, y de pronto pienso esas cosas. Soy una hija de puta, pero no puedo evitarlo. ¿Porqué tengo que tener esas ideas? Ayer era el cumpleaños de mi sobrino. Yo iba chocha con los globos, pero cuando ví que el tren se acercaba me dije: ¡Tirate! Me asusté. Me doy miedo. Tengo mucho miedo de mis propios pensamientos...
- ¿Porqué? -pregunté-. Vos no tenés intenciones de ponerlos en práctica...
- Es que no sé. No sé lo que puedo hacer. Si soy capaz de decirme eso, ¿cómo voy a saber lo que puedo hacer?
- No entiendo bien. Esas cosas... ¿Las decís, o las pensás?
- No sé... Ni lo digo ni lo pienso... O mitad y mitad... La verdad que no sé lo que hago. Yo me escucho diciendo eso.
- ¿Cómo?
- Sí. Ayer, por ejemplo escuché muy nítidamente, muy fuerte, la palabra ¡Tirate! Como si hubiera alguien atrás mío hablándome...
Los ojos se le llenaron de lágrimas de pánico:
- ¡Pero era mi voz! ¡Era yo!


Enrique Brecchia Posted by Hello

Impurezas

Yo iba a la pileta del barrio sin horario fijo, a la salida del trabajo. En octubre hubo una pequeña reorganización y empecé a ir un poco más tarde. Cuando emergí jadeando de una zambullida vi al empleado que me hacía señas.
- Me vas a tener que disculpar –dijo-, pero no vas a poder usar la pileta en estos horarios. Si querés te devuelvo la plata...
Lo miré sorprendida. A modo de respuesta, señaló con la cabeza una sombra que se paseaba junto a los vestuarios, del otro lado del vidrio traslucido.
- Es un cliente de muchos años. Es judío. Me plantea que él no puede tocar el agua donde se está bañando una mujer, por que está impura. Qué sé yo... Es ortodoxo...
- ¿Cómo??? –pregunté. Se encogió de hombros:
- Sí, ya sé. Pero igual me vas a tener que disculpar. Es un cliente que no queremos perder...
Mientras tanto el sujeto se paseaba pacientemente detrás de la mampara, esperando que el empleado retirara las impurezas del agua para poder bañarse.
Salí de la pileta puteando en cuatro idiomas. Cuando me sacaba las ojotas escuché, casi imperceptible, el susurro del bicho muerto:
“Je, je, jé...” “Si habrán visto segregación, discriminación e intolerancia los judíos, ¿no? Y aquí tenés al señor, que te hace echar alegando, justamente, que él es judío.”
Desee con toda el alma aplastarlo con la ojota que tenía en la mano. El bicho muerto suspiró aburrido:
“A veces sospecho que la Historia repta sobre el mundo tan en vano como las culebras...”

El miedo indigno

El otro día escuché una de esas notas a gente aterrorizada por los secuestros con que nos atiborran nuestros infatigables periodistas. Una mujer decía con verdadera angustia: “¿Y a mí quien me garantiza la vida? ¿Y quién garantiza la vida de mis hijos?”
Un escalofrío me recorrió la espalda. Era una mujer adulta y me produjo una rara mezcla de pena y vergüenza. Porque si hay una única garantia en el mundo es que ella y sus hijos van a morir. Con toda seguridad, un día u otro, se van a morir.
Entonces pensé en ese destino de presa hipnotizada por su predador. Pensé en la indignidad del miedo. Y en cierto sentido ella tenía razón cuando clamaba: “¡No se puede vivir así!”. Es verdad. Cuando hace falta ser inmortal para parar de temblar, eso ya no es vida.

Me empelotan los grandes tipos...

Me empelotan los grandes tipos. Se debe a que yo soy una persona bastante mediocre, por supuesto. Pero así y todo...
El otro día me paré frente a un espejo dónde se acababa de reflejar un gran tipo. Estaba pegajoso. Todavía brotaban de su interior las lágrimas de emoción que le arrancó la contemplación de la grandeza.
Y si algo me empelota más decididamente que los grandes tipos, son los espejos lacrimosos. Entorpecen el manejo del maquillaje. Y todo está en el manejo del maquillaje.

La buena conversación

En la sala de espera de un consultorio me encontré cara a cara con Facundo Arana mirándome intensamente desde la mesita de las revistas: "Soy apasionado", decía el encabezado. Me recorrió el escalofrío de la desubicación. ¿Apasionado?, me pregunté y con eso abrí la puerta del desastre.
El bicho muerto empezó a chillar en mi cabeza, ensordecedor, en el silencio de la sala inmaculada. “¡Imbéciles!, gritaba, ¡Imbéciles rematados!”. “Milenios de civilización trabajando para dominar las pasiones: ¡y los imbéciles pretenden ser apasionados!”. “A las pasiones hay que despedazarlas, molerlas bien molidas y hacerlas picadillo. Después las untás en el pan y recién ahí son comestibles”. “¡Y estos tipos me quieren hacer tragar su pasión como si fuera caviar! ¡Cómo si la pasión pudiera distinguir un buen vino, como si pudiera disfrutar de un acorde perfecto!”. “¡Basuras! ¡A la hoguera con todos ellos!”
En ese momento la secretaria del dentista asomó la cabeza y repitió mi nombre. Me puse de pie estrujándome las manos. El bicho muerto me pone muy nerviosa. Me aterrorizó pensar en afrontar el torno sobre las muelas y sus chillidos entre los parietales al mismo tiempo. Así que mientras esperaba que la anestesia me hiciera efecto me empeñé en encontrar alguna idea capaz de tranquilizarlo.
Justo a tiempo me vino a la cabeza un párrafo de Salman Rushdie. Al Moro le gustaba tanto hablar, disfrutaba tanto de una buena conversación, que a veces se veía abochornado ante sus interlocutores por una ostensible erección.
Entonces el bicho muerto se rió y se calmó en el acto, completamente satisfecho.

Salvajadas

El japonés lleva 50 años atendiendo su tintorería en el más tórrido monte chaqueño. Llama, "extranjeros" a sus propios nietos, ciudadanos argentinos para su desgracia. Mientras engulle su comida con palitos mira los almuerzos de Mirtha Legrand y protesta airadamente contra el hábito occidental de usar cubiertos. "¡Salvajes, salvajes!, ¡comen con las armas sobre la mesa!", clama el viejo en japonés.

El Paraíso del Tío

Mi tío se está volviendo loco. Tratamos de escucharlo con paciencia, pero no es facil. Durante los últimos seis meses dedica las largas visitas que nos hace a relatar con gran angustia la problemática de sus animales. El tiene una pequeña finca a las afueras de la ciudad, un pequeño paraíso, dónde cada vez se le hace más difícil vivir. Viene a casa como suplicando que lo rescatemos.
Tiempo atrás pudo ver a su conejo -su mascota preferida- montado sobre una gallina con evidentes intenciones sexuales. Una de las perras, de más de 14 años, padeció un embarazo psicológico, que incluyó secreción de leche. Tiene además un mono, criado en estado salvaje en los árboles, que ha demarcado su territorio y lo enfrenta cada vez que intenta dirigirse hacia esa porción de su finca. Las pocas veces que se atreve a adentrarse en el territorio del mono, este se desplaza entre los árboles sobre su cabeza defecando y orinando sobre él.
Pero lo que más lo angustia, lo que lo trae a suplicarnos que le permitamos dormir en el sofá porque ya no puede soportarlo, es el comportamiento de sus dos cachorros más jóvenes. Un dálmata y un manto negro, que juegan a embestirse. Toman distancia, unos cien metros, y corren enloquecidos uno hacia el otro hasta estrellarse cabeza contra cabeza. Ayer ambos quedaron inconcientes durante diez minutos.

Las teorías del bicho muerto

Hay algo anormal dentro mío. No sé qué es. Pero cualquier noche de calor, con el pelo mojado o chupando hielo, cuando la vida parece al fin dulce y serena, de pronto lo recuerdo. No sé qué es. Pero creo que se trata de un bicho muerto. Vaya descubrimiento, todos llevamos un bicho muerto adentro. Este es un bicho que teoriza.
Recuerdo, por ejemplo, la noche que sentenció: "La mentira es una forma de soberanía. Es inalienable". Y yo, que caminaba triste y engañada por el ferrocarril, ni siquiera pude polemizar. Tuve que tragarme el caliz de su apología hasta el final.
“La mentira es el rincón donde un hombre es libre y dueño de sí mismo. Es la única rebeldía que se puede oponer a las extorsiones del amor. Es la ventana por la que un deseo se fuga de cualquier prisión. La mentira es pura dignidad, querida mía, y hay que cultivarla con cariño. Es lo que queda de soberanía cuando el mundo exige explicaciones por cada gesto, cada ausencia, cada desgano. La mentira es inalienable. Ningún poder, ningún carcelero te la puede quitar.”
Recuerdo ese anochecer como si fuera hoy, las chicharras chillaban en las vías y la noche cayó sobre mis espaldas como una lluvia de petróleo. El bicho muerto no hablaba al azar. Era el momento justo para hablar de la mentira.
El hombre que yo adoraba había desaparecido con la simpleza del crimen. De pronto no vivía más ahí, no trabajaba más ahí y hasta su madre negaba conocerlo. Al fin, un alma misericordiosa me lo susurró al oído: Se había mudado con otra mujer. Llevaba medio año engañándonos a las dos y, finalmente, había hecho su elección.
Y el bicho muerto peroraba burlón en el ferrocarril:
“Esa basura de la honestidad, en cambio... O peor: la sinceridad... Son asaltantes que no se conforman con las cosas. Ni siquiera les alcanza con los cuerpos; exigen entregar hasta los pensamientos... Eso es bajar la cabeza. Vender el alma por un hueso... Esa rendición indigna no se justifica en ningún infierno. La honestidad es puro renunciamiento. La sinceridad es pura sumisión... Hay que acabar de una vez con esos disfraces de la esclavitud...
Yo suspiré entristecida, tambaleándome entre los rieles. ¿Y qué hay del amor?, me pregunté sin esperanzas. Casi pude oir el crepitar de la sonrisa del bicho muerto en la oscuridad. No dijo nada. La respuesta era evidente:
“Esa rendición indigna es puro amor...”

La tumba de los toros


tumba de los toros Posted by Hello