Lo mejor de la piel es que no nos deja huir



















Ayer pasé media hora en un pasillo de hospital. Había tanto viento que parecía el Canal de Beagle.

Estuve ahí, con los brazos cruzados, acompañando en silencio a un desconocido furioso.

Rompió los vidrios de las ventanas, destrozó un par de puertas a patadas, vació los matafuegos. Gritaba amenazas de muerte con una voz dolorosa.

No pensé en nada más que en la distancia de los cuerpos. No permitir que se alejara de mi más de un par de metros; no acercarme a él más de un metro. Nada más.

Al fin aplastó la cara contra una columna. Con los ojos llenos de lágrimas, me miró por primera vez. Gracias, dijo. Asentí con la cabeza y me fui.

Más tarde me fumé un camel y me pregunté porqué alguien hace lo que yo acababa de hacer. La respuesta estaba preparada en mi espíritu como un palo de amasar: Porque no hay a donde huir.

Se me cayeron los pantalones de pura tristeza.


Habría que investigar la función epistemológica de los amigos. O, por decirlo en criollo, esa puta relación que tienen los amigos con la verdad.

Nadie te va a decir nada, claro, ni nadie te va a ocultar nada, tampoco. Pero en el medio algo cruje. Daré dos ejemplos:

I - El otro día, para un cumpleaños, me puse una pollera, un par de aros y me delineé los ojos. Nada más. Mis amigos, al grito de "¡qué linda que estás!" desenfundaron los celulares y me sacaron fotos.

II - Recalé con una amiga en un bar ignoto, donde varios sujetos se pusieron a hacerme caiditas de ojos e intentar conversación. Yo, que alguna conciencia de mí misma tengo, comenté asombrada:
- ¿Qué carajo pasa acá?
- Y... -respondió mi amiga-: Son viejos...

Mis amigos no son Sócrates, eso seguro. Sin embargo, son toda una ruta de acceso a la verdad. Una ruta peligrosa.

Mundo Junior



Charly se tiró media latita de pintura encima, pateó un par de puertas, y medio mundo aprovechó la ocasión para tomar ese airecito de dignidad ofendida y compadecer al hijo.

El hijo, a todo esto, aprovechó la oportunidad para pedir más penalización de las drogas, que es casi decir: ¡enciérrenlo!

Y yo aprovecho para pensar que siempre es lo mismo.

Manadas de infantes serviles, doblados de tanto respeto al padre, andan por las calles exigiendo padres que se hagan respetar. A más serviles, más agresivas sus exigencias de respetabilidad.

Es que los juniors de este mundo, pobres criaturitas, están ávidos de orden y control.

Palo, todos quieren cadena y palo.

dreams of flying
















La Tere estaba desesperada. Ya no sabía qué hacer. Pensaba en mandar cartas documento, cartas al diario, contratar un abogado, aunque era inútil. Se sentía totalmente indefensa, hasta que apareció su hermano menor:

- Hay que reventarle el auto -dijo-. A esa gente no le importa nada más. Primero el auto, y si no capta, le hacemos mierda la casa. Que sienta miedo. Que sienta que cagar al prójimo puede tener consecuencias.

La Tere le dijo "sos un tarado, encima voy a terminar en cana yo". Y Juan le dijo: "vos sos una boluda, te vas a quedar mirando como te cagan". Y ahí nomás se trenzaron a discutir a los gritos.

La mamá terminó con la disputa. Agarró a Juan del brazo y se lo llevó hablándole en voz baja. La Tere, sin querer, escuchó la reconvención de su madre:

- Deja que tu hermana haga las cosas a su manera. Nosotros nos encargamos de hacerlas a la nuestra...

Cohélet, hijo de David ha detestado la vida,
pues todo es vanidad y atrapar vientos.


Cohélet se ha excedido al detestar la vida,
eso es vanidad y atrapar vientos.


Ahora que lo pienso, toda obsesión tiene su origen y ya mi iniciación sexual tuvo un detalle curioso.

Mi Maestro era un hombre amargo. Tirado en la cama, entre un revolcón y otro, mientras yo fumaba, el Maestro hablaba. Me contaba historias extrañas sobre el sexo. Algunas absurdas, otras graciosas, otras obscenas.

No recuerdo muchas, pero todas las que recuerdo tienen un elemento en común: el desconcierto. En ocasiones hicimos verdaderas proezas de contorsionismo sin la menor intención erótica, solo por determinar si una historia era físicamente posible.

Recuerdo una en particular: Era un caso de necrofilia. Al Maestro lo asombró la defensa del pervertido, que alegaba tener un miembro inmenso. Demasiado grande para poder acoplarse. Las mujeres con las que lo había intentado habían huído horrorizadas, asegurándole que las mataría con ese artefacto. Y era por eso que solo hacía el amor con mujeres muertas.

Me lo quedé mirando. El se me quedó mirando. Al fin se encogió de hombros y dijo: "Qué sé yo...".