Silencio.
Mi noviecito de séptimo grado ha muerto.

En fin... Uno se pone taciturno.



Y se empieza a preguntar pelotudeces. Como por ejemplo: ¿ese tipo habrá dejado alguna marca fuera del corazón de su mamá?

Jejé...

Por lo menos, señores, el Carlitos estaba loco como un plumero.

Tenía la boca deformada, secuela de uno de sus ataques de rabia. Llevaba cinco cirugías restitutivas, y todavía faltaban un par.

Fue una vez que se peleó con los padres. Se metió bajo el escritorio y se puso el cable de la lámpara entre los dientes. Mientras lo llamaban desesperados, él, con toda la bronca, sin dudarlo un instante, mordió el cable.

¡Grande, Carlitos!

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