Creo haber hecho suficientes demostraciones públicas de que mi cerebro se está disolviendo. El proceso a veces resulta simpático. Pero a veces no.




Ayer llamó mi abuela, de 85 años. Se me quejó de que Figueroa no le presta atención.
- ¿Y quién es Figueroa? -pregunté.
- Mi cardiológo. El rubio. El mismo que vos conocés...
- Yo no conozco a tu cardiólogo. ¿Porqué lo voy a conocer?
- Claro que sí, nena. Hablaste con él varias veces, cuando me hizo el cateterismo.
- ¿El cateterquéee??? No, vieja... ¿De qué me estás hablando? Te habrá acompañado otra. Yo no ni tengo idea de qué cardiólogo rubio te atiende...
Se hizo un silencio del otro lado de la línea. Después, con cautela, mi abuela preguntó:
- Nena... ¿cómo estás del colesterol vos?

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