Extrañeza


El Pistolero soñó que se zambullía en una laguna cuya superficie estaba cubierta de camalotes. Al hundirse sintió una enorme cantidad de algas y raíces que le acariciaban la piel. El agua estaba caliente. La densidad de vegetales lo retuvo suavemente, como una red.
Quiso volver a la superficie, pero no supo dónde buscarla. La simple gravedad debería indicarle la diferencia entre arriba y abajo, pero no sentía gravedad. Entonces lo vio, flotando inmóvil entre las cabelleras de algas envolventes y cálidas. Era su propio rostro, con la boca abierta, ahogado. Se despertó bruscamente.
En la oscuridad sintió la cama empapada y caliente. Pensó con extrañeza que había traído una parte del sueño consigo. Sospechó que la cama estaría también llena de algas. Pero un Pistolero no puede permitirse el lujo de la extañeza.
Pensó rápido. Líquido caliente sólo conocía uno. Con el rabillo del ojo chequeó la mujer degollada a su lado. Estiró la mano al respaldar de la cama, dónde había dejado colgada la cartuchera. El revólver no estaba.

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