
Esta mañana me levanté con una resaca gloriosa. Miré la casa pensando que alguien había iniciado la demolición sin avisarme. Me encogí de hombros. Quince botellas más o menos sobre la mesa ya no me perturban.
Sin embargo, mientras me tomaba unos mates tiritando al lado de la hornalla, me golpeó este dolor de mierda. Por un momento me retorció. Después, a fuerza de respirar y sujetarme al quemador encendido, pasó.
No es razonable, pensé. De ninguna manera. ¿Cómo carajo puede doler así un deseo? ¿Qué clase de tejido cretino se cree injuriado? ¿Y porqué se pone a chillar a causa de un miserable deseo?
Y además: ¿deseo de qué?
Mientras me vendaba la mano quemada me acordé de ayer.
Por la noche llegó un mail de Juan con una noticia de porquería. El cáncer ya está esparcido y no es operable. “De algo hay que morir”, decía él con toda sobriedad. “Pude ser un año, dos, no se sabe. Después de todo, por más saludable que esté, ¿quién sabe si va a vivir dos años más?”
Devagar é que não se vai longe... Cómo me gusta esa sentencia: Despacio no se va lejos.
Me tomé otro mate tratando de contener la urgencia de perro alzado que me asaltaba. Al mismo tiempo me doblé en el respaldo de la silla resistiendo una nueva punzada de dolor.

Doloroso
Publicadas por pequeño ofidio a la/s 7:25 p. m.
Have you ever had the feeling
That the world's gone and left you behind… ?
Excuse me while I disappear…
Publicadas por pequeño ofidio a la/s 1:11 p. m.
Quirófano
Donde quiera que uno esté, siempre amanece en un quirófano. Y al despertar, antes de abrir los ojos, uno ya sabe que algo le ha sido extirpado. Todo es cuestión de suerte. O de fe. Algunos amanecen desesperados, añorando un órgano entrañable. Otros en cambio se despiertan felices como si acabaran de librarse de una excrecencia infame.
*
Nelson se levantó muy temprano y escuchó Vivaldi frente a una jarra de té humeante. Abandonó las tostadas porque odiaba oír el crujido de sus propias mandíbulas arruinando la música. Antes de salir se contempló satisfecho en el espejo.
Caminó por la avenida arbolada y se detuvo en la esquina del Hospital. Allí, en el jardín de la capilla, las voluntarias alimentaban centenares de gatos abandonados. A Nelson le gustaba juguetear con los cachorros a través de la reja. Iba a meter el brazo para acariciar un atigradito, cuando retrocedió alarmado. El suelo estaba teñido de un color rojo oscuro, sanguinolento. Frunció la nariz tratando de descifrar lo que veía:
- ¿Cerezas..? –se preguntó incrédulo.
Exactamente. Los gatos sarnosos se desperezaban sobre una alfombra de cerezas maduras.
- ¿Cerezas..? –se preguntó incrédulo.
Exactamente. Los gatos sarnosos se desperezaban sobre una alfombra de cerezas maduras.
Nelson se dijo que debía llamar al director del Hospital para protestar por la administración de las donaciones. Siguió caminando pensativo.
*
Wilfredo entretanto, de pie, en la cocina, engulló dos aspirinas junto con el café. Intentó girar el cuello para desperezarse, pero se interrumpió con un gemido. Ni se molestó en peinarse. Había dormido tres horas; la pinta de delincuente era irremediable. Salió corriendo.
Bajó del taxi dando un portazo frente al enorme arco desvencijado que presidía la entrada al parque. Allí, en lo alto, se leía la palabra MISERICORDIA. El viento agitaba las enormes letras de hierro. Wilfredo las vio balancearse, como pájaros, sobre su cabeza. Se paralizó.
- ¡No! –murmuró-: ¡Me niego a morir aplastado por la Misericordia!
Miró el reloj con angustia. La gente entraba y salía a su lado. Se sintió herido por el ridículo. Tomó aire y cruzó el arco a la carrera. Corrió como alma que se lleva el diablo hacia la escalinata del Hospital.
- ¡No! –murmuró-: ¡Me niego a morir aplastado por la Misericordia!
Miró el reloj con angustia. La gente entraba y salía a su lado. Se sintió herido por el ridículo. Tomó aire y cruzó el arco a la carrera. Corrió como alma que se lleva el diablo hacia la escalinata del Hospital.
Publicadas por pequeño ofidio a la/s 7:52 a. m.
Aquella bella depresión perdida...
El mes pasado, después de varios años sin verlo, me encontré con Salinis. Lo arrastré al primer bar que encontré. Me alegraba mucho encontrarlo. El tipo era el Kwai Chang Caine de los depresivos. Su mundo era un verdadero salitral. Vivía rodeado de botellas vacías ginebra, en una casa donde la mampostería caía de improviso sobre las cosas, y caía para quedarse donde había caído por décadas.
- ¿Cómo andás? -le pregunté con nostalgia. Ansiaba volver a escuchar uno de aquellos deliciosos y tristísimos discursos sobre la vacuidad de la vida. Yo los adoraba...
- Acá ando –respondió él, muy suelto de cuerpo-. Bastante normal desde que no puedo hacer más trampa...
- ¿Cómo..? –pregunté desorientada.
- El año pasado me di cuenta de lo facilongo que es el yeite ese de la depresión. Y realmente le perdí el gusto.
- ¿Yeite?!!! –me asombré tragándome unas lágrimas de decepción.
- Vos me conocés, zurita, ¿qué te voy a contar? Vos me viste haciendo el mismo truco durante veinte años. Cada vez que no le encontraba el agujero al mate, salía airoso con la sentencia: Nada tiene sentido... Es un buen truco. No te voy a negar los servicios que me prestó. Sobre todo muy elegante, ¿no?
- Y... sí... -balbucié
- Y además yo era bueno en eso, ¿te acordás? Era capaz de pasar semanas enteras tirado en la cama demostrando que el mundo es un lugar contrahecho, un verdadero suplicio para espíritus sensitivos y delicados como yo... Estaba bien... Realmente funcionaba... Pero cuando sacás el mismo conejo de la misma galera por vez número 787.084, te das cuenta de que ya no tiene más gracia...
Se hizo un largo silencio.
- ¡Caramba! -dije- ¡Me sorprendes! ¿Y entonces qué? ¿Le encontraste al fin el agujero al mate?
- ¡Caramba! -dije- ¡Me sorprendes! ¿Y entonces qué? ¿Le encontraste al fin el agujero al mate?
- ¡Noooo! ¡Qué va! Tengo varias docenas de mates alineados en la biblioteca esperando turno... La verdad que era grandioso tener un universo completo por problema... Una puta colección de mates no tiene ni medio glamour... Tendría que inventar algún truco nuevo... Pero no se me ocurre nada....
Suspiramos juntos frente a nuestras respectivas tazas de cortado. Nos miramos larga y tristemente. De pronto ya no teníamos nada más que decir. Nos despedimos con muchas formalidades, como dos completos desconocidos.
Ah... Salinis... Sin duda merece un homenaje mejor que este pobre post de esta estúpida mujercita.
Publicadas por pequeño ofidio a la/s 2:00 a. m.
Ascetismo
Las palabras a veces me abandonan. Me largan, descalza y hambrienta, a recorrer el monte masticando bayas en una pobreza franciscana.
Me sucedió, sin ir más lejos, la madrugada de ayer. Justo cuando la noche se ponía lujuriosa y comenzaba a sonar con matices de contrabajo. Y yo no tenía una sola maldita palabra a la altura de las circunstancias.
El abandono me inquietó. Me sentí como un sordomudo que acabara de quedarse manco. Como si toda la lengua castellana se hundiera en el Atlántico. Y me desvelé.
Me sucedió, sin ir más lejos, la madrugada de ayer. Justo cuando la noche se ponía lujuriosa y comenzaba a sonar con matices de contrabajo. Y yo no tenía una sola maldita palabra a la altura de las circunstancias.
El abandono me inquietó. Me sentí como un sordomudo que acabara de quedarse manco. Como si toda la lengua castellana se hundiera en el Atlántico. Y me desvelé.
Tuve que caminar en círculos por la casa, descalza y miserable. A falta de palabras encontré, al menos, un frasco de aceitunas. Las mordí lentamente, meditabunda, sentada a lo indio en la cama desarmada. Pero no alcanzó.
Entonces me levanté con un insomnio desesperado. Intenté capturar aunque más no fuera una vaga evocación. No sé porqué pensé en un barco escorado, la madera crujiente bajo las estrellas, hundiéndose sin ruido en el mar más sereno y cálido del mundo...
¡Ah, no..!, grité en la oscuridad: ¡Más metáforas marítimas, no! Protesté y maldije.
Entonces me levanté con un insomnio desesperado. Intenté capturar aunque más no fuera una vaga evocación. No sé porqué pensé en un barco escorado, la madera crujiente bajo las estrellas, hundiéndose sin ruido en el mar más sereno y cálido del mundo...
¡Ah, no..!, grité en la oscuridad: ¡Más metáforas marítimas, no! Protesté y maldije.
Medio loca y ya vencida, me lancé otra vez a la cama con el frasco de aceitunas. Entonces, de pronto, el sueño me tumbó boca abajo. Me dormí sin siquiera alcanzar una manta.
Había encontrado, al fin, la gloria de renunciar a todo al borde de la cama. La santísima gloria del asceta en la renuncia. La gloria de callarse la boca de una buena vez.
Sí, ya lo sé... ¡Qué mujer insoportable debo de ser!
Sí, ya lo sé... ¡Qué mujer insoportable debo de ser!
Publicadas por pequeño ofidio a la/s 11:46 p. m.
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