El Negro pasó por la misma pesadilla miles de veces y siempre lo agarra de sorpresa. Está parado en un tren, con la mirada perdida en la ventanilla y de pronto su cuerpo se larga a correr. Es una cosa muy rara, porque él se ve correr por el vagón. Se da cuenta de que hay algo equivocado en esa visión de su propia espalda que se aleja y lo deja rápidamente atrás. Se agita en el asiento, pero no se puede mover. Se desespera por alcanzar su cuerpo. Sabe que si se aleja unos metros más, se encontrará a sí mismo sin piernas o sin brazos o estómago. A lo mejor ya ni siquiera tiene ojos para ver esa estrambótica perspectiva de su espalda corriendo. Entonces se despierta boqueando como un pescado en la arena.
García me despertaba una curiosidad morbosa. El hombre se aproximaba estrambóticamente a tenerlo todo. A modo de experimento, aproveché cada fin de semana para hacerle un pedido: clips, semillas de lechuga, barómetro, aguja curva de sutura, pintura al óleo. Le pedí tampones, a pesar de que su última mujer se había ido meses atrás. Un reóstato, un mapa de sudáfrica, agujas de tejer número 5, kerosene. Tenía todo.
Un día me mostró el artefacto que estaba construyendo en el garage. Quería potabilizar el agua por sus propios medios:
- Pero... ¿para qué? -pregunté.
- ¿Cómo para qué? Siempre hay que estar preparado para cualquier cosa.
- ¡Pero usted se está preparando para el fin del mundo! -exclamé.
Di por resuelto el enigma García. Era un superviviente. Los años pasaron y no pensé más en él, hasta esa noche.
Sonaron dos balazos del otro lado de la pared, en la casa de García. El silencio que siguió fue muy extraño, poblado de cosas raras, como si yo estuviera alucinando. Miré el techo. Vi dibujos y sombras que nunca había visto. Después escuché un llanto de mujer que también parecía una alucinación.
Cuando llegó la policía el mundo pareció volver a girar y salí a la vereda. La mujer seguía llorando. Me di cuenta, como si hubiera estado años en otro mundo, de que esta era como la sexta mujer que escuchaba llorar a través de la medianera. Nunca me preocupé. Todas duraban poco.
Desde la vereda vi con ojos nuevos, como viendo por primera vez, en qué se había convertido la casa de García. El jardín excavado, paredes a medio derrumbar, sombrías construcciones semi enterradas, alambres electrificados. Era un campo de guerra.
García, todo serenidad y templanza, explicaba a los policias que había sacrificado a Lula, la perra de su mujer. Era necesario. Se había vuelto desobediente y un animal desobediente es peligroso.
El viento movía la copa de los árboles y yo tuve un escalofrío. Me sentí desprotegida y engañada. García no era un sobreviviente que temía la destrucción. Era el destructor.
Un día me mostró el artefacto que estaba construyendo en el garage. Quería potabilizar el agua por sus propios medios:
- Pero... ¿para qué? -pregunté.
- ¿Cómo para qué? Siempre hay que estar preparado para cualquier cosa.
- ¡Pero usted se está preparando para el fin del mundo! -exclamé.
Di por resuelto el enigma García. Era un superviviente. Los años pasaron y no pensé más en él, hasta esa noche.
Sonaron dos balazos del otro lado de la pared, en la casa de García. El silencio que siguió fue muy extraño, poblado de cosas raras, como si yo estuviera alucinando. Miré el techo. Vi dibujos y sombras que nunca había visto. Después escuché un llanto de mujer que también parecía una alucinación.
Cuando llegó la policía el mundo pareció volver a girar y salí a la vereda. La mujer seguía llorando. Me di cuenta, como si hubiera estado años en otro mundo, de que esta era como la sexta mujer que escuchaba llorar a través de la medianera. Nunca me preocupé. Todas duraban poco.
Desde la vereda vi con ojos nuevos, como viendo por primera vez, en qué se había convertido la casa de García. El jardín excavado, paredes a medio derrumbar, sombrías construcciones semi enterradas, alambres electrificados. Era un campo de guerra.
García, todo serenidad y templanza, explicaba a los policias que había sacrificado a Lula, la perra de su mujer. Era necesario. Se había vuelto desobediente y un animal desobediente es peligroso.
El viento movía la copa de los árboles y yo tuve un escalofrío. Me sentí desprotegida y engañada. García no era un sobreviviente que temía la destrucción. Era el destructor.
Publicadas por pequeño ofidio a la/s 12:31 a. m.
Mientras me sacaba el guardapolvos miré por la ventana del laboratorio. Una tormenta azotaba los arboles en la calle. Imposible salir. Aguzando el oído distinguí los aullidos de un perro caído que luchaba en la esquina. Parecía estar ahogándose en un torbellino de barro. Tuve un escalofrío. Para distraerme mientras pasaba el tiempo me puse a leer las etiquetas del cerebro que flota en el frasco del rincón.
Parece que se trata del Dr. Hume y que lleva flotando allí unos doce años. Observé un poco el artefacto. El frasco está lleno de un líquido espeso que sube y baja por dos mangueras hasta un tanquecito que también está etiquetado: "cefaloraquídeo". El display muestra una larga lista de números entre los que solo pude reconocer la temperatura. Una porquería.
El cerebro está conectado a la altura del bulbo a un caño grueso y oscuro que seguramente le provee algo así como irrigación sanguínea. El caño se pierde bajo la mesada detrás de una puerta que no quise abrir.
Me acerqué a la ventana para chequear al perro que agonizaba en la boca de tormentas. Todavía se movía. A lo mejor ya no se movía por sí mismo, sino por la fuerza del agua cuyo paso obstruía.
Medio al azar levanté la tirita de papel continuo del registro electroencefalográfico que cae permanentemente sobre la repisa y se me escapó un insulto. Estaba despierto. La puta madre que lo parió. El cerebro estaba en plena actividad.
Bajé las escaleras y me senté en el último escalón. A través de la puerta de vidrio podía ver la tormenta que cada vez arreciaba más fuerte. Ahí me quedé, sintiendo pasar el tiempo como una víbora asquerosa deslizándose por la espalda.
Parece que se trata del Dr. Hume y que lleva flotando allí unos doce años. Observé un poco el artefacto. El frasco está lleno de un líquido espeso que sube y baja por dos mangueras hasta un tanquecito que también está etiquetado: "cefaloraquídeo". El display muestra una larga lista de números entre los que solo pude reconocer la temperatura. Una porquería.
El cerebro está conectado a la altura del bulbo a un caño grueso y oscuro que seguramente le provee algo así como irrigación sanguínea. El caño se pierde bajo la mesada detrás de una puerta que no quise abrir.
Me acerqué a la ventana para chequear al perro que agonizaba en la boca de tormentas. Todavía se movía. A lo mejor ya no se movía por sí mismo, sino por la fuerza del agua cuyo paso obstruía.
Medio al azar levanté la tirita de papel continuo del registro electroencefalográfico que cae permanentemente sobre la repisa y se me escapó un insulto. Estaba despierto. La puta madre que lo parió. El cerebro estaba en plena actividad.
Bajé las escaleras y me senté en el último escalón. A través de la puerta de vidrio podía ver la tormenta que cada vez arreciaba más fuerte. Ahí me quedé, sintiendo pasar el tiempo como una víbora asquerosa deslizándose por la espalda.
Publicadas por pequeño ofidio a la/s 11:22 p. m.
Etiquetas: anatomía patológica
El tipo escuchó no sé qué en la radio y se sulfuró:
- ¿Lo escuchó? -me increpó indignado- ¡Ese negro pelo duro, ¿qué tiene que opinar?! Acá cualquiera opina... ¿A usted le parece? ¡Opina cualquiera!
Yo me encogí de hombros, divertida, y le contesté:
- Y sí... cualquiera puede opinar... Pero eso se supone que está bien, ¿o no?
- ¡Ah, no! -se enojó-: ¡Pero no es así! Porque cuando uno quiere opinar: ¡lo tratan de opositor!!!
Le compuse mi mejor cara de desorientada:
- Y sí... Hay oficialistas y hay opositores... claro... ¿No se supone que es así?
El tipo ya no cabía en el asiento de la bronca:
- ¡Pero cuando te dicen opositor, te lo dicen mal! ¡Te lo dicen como si estuvieran en contra de que vos seas opositor!
Por fin comprendí que sus argumentos eran demasiado elevados para mí. Le dí la razón antes de que se estrellara.
Publicadas por pequeño ofidio a la/s 1:28 p. m.
Hace 200 años, en un rincón helado de Copenhague, un hombre joven se hacía pasar por otro y pensaba, a la luz de los candelabros, en el pecado original.
Hay una angustia desparramada por la creación, pensaba.
Pero la angustia no es parte de la creación, se produjo cuando vino a reflejarse sobre ella una luz muy distinta.
¿En qué sentido la creación se hundió en la ruina con el pecado de Adán?, se preguntaba.
¿De qué manera la libertad proyectó un reflejo de posibilidad, un temblor de coparticipación sobre las criaturas?
Esa noche, estoy segura, las lámparas vacilaron en todo Copenhague.
Publicadas por pequeño ofidio a la/s 11:06 a. m.
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