I - Primero pasé por el Chaco. La plaza central de Resistencia está llena de carpas, baderas, fogatas y muchísimos carros y caballos. En la vereda del frente un montón de canas con escudos en posición antidisturbios (sea lo que sea eso).

Aparentemente, según me explican, el vicegobernador declaró que tienen que parar un poco con los reclamos porque ya no se puede andar tranquilo por el centro.
Entonces todas las agrupaciones reclamantes salieron ofendidas a pedir la renuncia del vicegobernador. Hace tres días que hay como mil tipos acampando frente a la casa de gobierno.
Tienen todo mi apoyo. A esos hay que echarlos antes de que terminen de pronunciar la frase, porque después es demasiado tarde. Si lo sabremos nosotros...


II - De ahí pasé a Corrientes. El arzobispo recomendaba no hacer la procesión a la virgencita de Itati para prevenir la gripe A. Sin embargo la gente que está dispuesta a caminar 65 km bajo el sol o la lluvia suele pensar que la virgencita los protegerá. Es más, para eso caminan. Porque la Virgen hace milagros. Así que, ignorando a los hombres de poca fé como el arzobispo, fuimos igual.

Debo confesar que yo fui en auto. Compré yerba para tereré. Un rosario, medallitas, estampitas, torta parrilla y una cinta roja que reza: Virgencita de Itatí protege mi moto.






Como estoy enfermita pasó mi hermano mayor a darme una mano. Fue al super e hizo las compras. Se equivocó y compró pan sin sal. Preparó la cena y quemó la olla de modo irremediable. Calculo que él ni se imagina cuánto me alegró su visita.

Después pasó mi hermano menor y arregló una ventana que no cerraba. Me salvó de morir congelada. Eso sí, me dejó la computadora sin audio desde entonces. También me alegró enormemente su visita.

Además de divertirme, creo haber comprendido la esencia de mi relación con lo masculino y su origen familiar.


No es que yo viva conforme, la verdad, pero me enferman los tipos que viven denunciando al mundo. Ah.. lo mal que está el mundo.
Se los puede detectar por una expresión: siempre hablan de "este" mundo. Ellos, por supuesto, conocen varios. Sobre todo, conocen el bueno.
Lo más asombroso es que la gente los escucha con gentileza sin decirles:
- Oiga, caballero: no es usted quién juzgará cuánto vale el mundo. Más bien el mundo juzgará cuánto vale usted, y ahí vemos.


Hubo tiempos en que se le daba a la matraca con el tema de la libertad, tanto que se llegaron a inventar unas recetas muy extrañas. Me encantaría hacer un documental del tipo "animales extremos" con el asunto.

Podría empezar, por ejemplo, con el imperativo categórico kantiano, que es un bicho muy extremo en materia de libertad. Implica librarse de las mezquinas necesidades de la vida, de las conveniencias del momento, de las normas más o menos estúpidas de la convivencia con el prójimo. También se trata de librarse de las leyes vigentes en el momento histórico. Romper con todo eso y no someterse a nada más que...: la exigencia del universal. Jé, je, je...

Pero, como siempre hay uno más extremo, San Pablo no se conforma con no deberle obediencia al emperador ni a poder terrenal alguno. También insta a los cristianos a librarse del cuerpo. Porque "ustedes no recibieron un espíritu de esclavos", ¿cómo van a someter el espíritu a las exigencias de un cuerpo?

Hay otros para el documental, pero ya me harté. Por suerte todas esas elucubruciones son puras exquisiteces de museo. Ya no se le ocurre a nadie cómo librarse de sus ataduras.


El tipo cuenta la cruenta historia de su infancia mientras se snifa hasta el vidrio de la mesa. Dice que la vida le debe algo. Nunca tuvo lo que se merece. Así que se cobra un poco de lo que se le debe en cada saque.

Un amigo comenta:
- Bueno, cualquiera que trabaje sabe que nunca recibe todo lo que merece a cambio de su esfuerzo. Eso es la plusvalía.

- Ah! -pregunté entusiasmada-. ¿Entonces meterse la plusvalía por la nariz, sería el verdadero terror del capital?

- Y... No sé... -sonrió mi amigo-. No se me ocurre nada más barato que el esfuerzo de un falopero.