Mientras me sacaba el guardapolvos miré por la ventana del laboratorio. Una tormenta azotaba los arboles en la calle. Imposible salir. Aguzando el oído distinguí los aullidos de un perro caído que luchaba en la esquina. Parecía estar ahogándose en un torbellino de barro. Tuve un escalofrío. Para distraerme mientras pasaba el tiempo me puse a leer las etiquetas del cerebro que flota en el frasco del rincón.

Parece que se trata del Dr. Hume y que lleva flotando allí unos doce años. Observé un poco el artefacto. El frasco está lleno de un líquido espeso que sube y baja por dos mangueras hasta un tanquecito que también está etiquetado: "cefaloraquídeo". El display muestra una larga lista de números entre los que solo pude reconocer la temperatura. Una porquería.

El cerebro está conectado a la altura del bulbo a un caño grueso y oscuro que seguramente le provee algo así como irrigación sanguínea. El caño se pierde bajo la mesada detrás de una puerta que no quise abrir.

Me acerqué a la ventana para chequear al perro que agonizaba en la boca de tormentas. Todavía se movía. A lo mejor ya no se movía por sí mismo, sino por la fuerza del agua cuyo paso obstruía.

Medio al azar levanté la tirita de papel continuo del registro electroencefalográfico que cae permanentemente sobre la repisa y se me escapó un insulto. Estaba despierto. La puta madre que lo parió. El cerebro estaba en plena actividad.

Bajé las escaleras y me senté en el último escalón. A través de la puerta de vidrio podía ver la tormenta que cada vez arreciaba más fuerte. Ahí me quedé, sintiendo pasar el tiempo como una víbora asquerosa deslizándose por la espalda.



Y hablando de grandes pensadores, el último taxista que me tocó me dejó deslumbrada.
El tipo escuchó no sé qué en la radio y se sulfuró:
- ¿Lo escuchó? -me increpó indignado- ¡Ese negro pelo duro, ¿qué tiene que opinar?! Acá cualquiera opina... ¿A usted le parece? ¡Opina cualquiera!
Yo me encogí de hombros, divertida, y le contesté:
- Y sí... cualquiera puede opinar... Pero eso se supone que está bien, ¿o no?
- ¡Ah, no! -se enojó-: ¡Pero no es así! Porque cuando uno quiere opinar: ¡lo tratan de opositor!!!
Le compuse mi mejor cara de desorientada:
- Y sí... Hay oficialistas y hay opositores... claro... ¿No se supone que es así?
El tipo ya no cabía en el asiento de la bronca:
- ¡Pero cuando te dicen opositor, te lo dicen mal! ¡Te lo dicen como si estuvieran en contra de que vos seas opositor!
Por fin comprendí que sus argumentos eran demasiado elevados para mí. Le dí la razón antes de que se estrellara.



Hace 200 años, en un rincón helado de Copenhague, un hombre joven se hacía pasar por otro y pensaba, a la luz de los candelabros, en el pecado original.

Hay una angustia desparramada por la creación, pensaba.

Pero la angustia no es parte de la creación, se produjo cuando vino a reflejarse sobre ella una luz muy distinta.

¿En qué sentido la creación se hundió en la ruina con el pecado de Adán?, se preguntaba.

¿De qué manera la libertad proyectó un reflejo de posibilidad, un temblor de coparticipación sobre las criaturas?

Esa noche, estoy segura, las lámparas vacilaron en todo Copenhague.




Sigo incomunicada.

Un relato es algo que se hace con la lengua. Para escribirlo, con el implemento que sea, hay que usar hábilmente los dedos. Más presisamente: la yema de los dedos.

La lengua, los dedos y los implementos no están muy disponibles por ahora.

No alegaré que están ocupados en cosas más importantes, porque total, quién me iba a creer...


Sabrán disculpar la ausencia: estuve incomunicada.

Desde mi celda mugrienta le escribí a una amiga contándole mi desgracia. Terminé la carta tratando de ser amable: "Cuidate. Besos. Kaiten."

A vuelta de correo me llegó la siguiente respuesta:

"¿Porqué me decís que me cuide? ¿Que me cuide de qué? Si sabés algo que yo no sé te pido que me lo digas con claridad."